Hakone y Nikko: donde no llegan los rascacielos o el secreto japonés para vivir más años
or mucho que amemos la locura de Tokio –y la amamos fuerte–, las jornadas maratonianas en esta interminable ciudad pasan factura y reclaman un descanso en la naturaleza. La silueta del monte Fuji, dibujada al fondo de los rascacielos, sugiere unas vacaciones de las vacaciones en Hakone y Nikko, dos destinos donde deshacerse de los planes y rendirse a la relajación. Quizá sea ese el secreto de la longevidad nipona; los japoneses tienen la esperanza de vida más alta del mundo.
A solo una hora de Tokio es posible entrar dentro de un gigantesco árbol en la avenida arbolada más larga del mundo, con más de trece mil cedros. También se pueden conocer los secretos del sake en la cervecería Watanabe Sahei, en medio de un bosque de pinos, o recorrer un camino imaginario que conduce hasta Polaris, el ‘rey de las estrellas’ en la antigüedad. Apodada como el ‘Palacio de verano de Japón’, la ciudad de Nikko alberga un gran legado espiritual que tiene su máxima representación en Nikko Toshogu. Se trata de un santuario que sorprende por sus llamativos colores y por la famosa talla de madera de tres monos que representan un mensaje budista: “no escuches cosas malas, no mires cosas malas, no digas cosas malas”.

Tras viajar al pasado en Futarasan-jinja, otro santuario sintoísta dedicado a los espíritus de la montaña, y Kanaya Hotel Samurai House, una auténtica casa samurái del periodo Edo, hay que dejarse inspirar por la naturaleza de Nikko. En los caminos hacia las cataratas Kegon, una de las más hermosas de Japón, es fácil cruzarse con japoneses que caminan mientras tocan campanillas para ahuyentar a los osos que habitan la región. Antes de atrapar el atardecer junto al lago Chuzenji, podemos reponer fuerzas en alguno de los restaurantes de la zona donde sirven platos ‘kaiseki’ (alta cocina tradicional japonesa) al estilo de Nikko, con yuba (piel de tofu).
Hakone, a unas dos horas desde Tokio, es el otro destino donde perseguir la calma japonesa. Los tranvías serpentean por las laderas de sus montañas y los barcos navegan por el lago Ashi, que también se puede visitar desde las alturas en un teleférico. Famosa por sus aguas termales, Hakone fue un punto de control en la ruta de Kioto a Edo (Tokio), conocida como la carretera Tokaido, un camino lleno de musgo que cuelga de los árboles y piedras desgastadas por las pisadas de hace cientos de años. Junto a negocios más turísticos sobreviven viejas casas de té como Amazake-chaya, donde el techo sigue cubierto de paja y el suelo está lleno de tierra. Allí se sientan ancianos de mirada tranquila para saborear la especialidad de la casa: amazake, una bebida dulce de arroz fermentado.

Los ryokanes (típicas posadas japonesas) se extienden por toda la región y son famosos gracias a sus onsen (baños termales), cuyas aguas calientes descienden desde el monte Hakone, un volcán activo que genera manantiales subterráneos. Entre los favoritos está Gora Kadan, una antigua villa de verano de la familia imperial Kanin-no-miya transformada en posada. Tumbarse en sillones de masaje o bañarse en un onsen al aire libre son las actividades habituales. Si las nubes lo permiten, la silueta del monte Fuji forma otro skyline digno de admirar.

Antes de sumergirte entre santuarios, naturaleza y aguas volcánicas, la relajación comenzará en el avión, donde disfrutar de todo tipo de comodidades y entretenimiento. El sueño de estar en Japón se hace realidad con KLM, que ofrece vuelos diarios a Tokio y Osaka desde los principales aeropuertos de España. El secreto de la longevidad te espera.









