
Entre dragones y rascacielos: los contrastes de China
ekín es dónde China seduce a Occidente”. Este dicho es un buen punto de partida para que el viajero se haga una idea de lo que le espera en la capital del gigante asiático. Con una población que roza los 22 millones, el crecimiento y el rumbo hacia la modernidad es imparable, pero Pekín conserva algunos rincones donde aún se puede tomar el pulso a la China más tradicional.
Hablamos de los ‘hutongs’, los barrios más auténticos de la ciudad. Aunque algunos han desaparecido precisamente por ese crecimiento feroz, ahora se están volcando en protegerlos. Levantados durante las dinastías Yuan, Ming y Qing, su significado (callejones) da una pista de su configuración. La mayoría están formados por casas bajas –normalmente con fachadas y tejados grises con algún detalle rojo en puertas o farolillos–, se encuentran en las inmediaciones de la Ciudad Prohibida y se organizan en torno a un patio. Incluso algunas carecen de baño. Pero no solo la estética y las condiciones de vida son antiguas, sus habitantes también mantienen costumbres que es difícil ver en otras zonas de la ciudad: es habitual que las familias coman en la calle, con sus mesas y sillas plegables. Para conocer de cerca esta ‘vida de pueblo’ en plena urbe, existen tours a pie o en ‘rickshaw’, tradicionales carros remolcados –en este caso– por ciclistas.

A poco más de una hora por carretera desde Pekín –dirección norte– se puede llegar a un tramo de la Muralla China. La mayor obra de ingeniería del mundo (21.196 kilómetros) es parada obligatoria en cualquier ruta por China. También en el camino de Pekín hasta Hong Kong, aunque suponga un desvío. Como los ‘hutongs’ de Pekín, la parte mejor conservada data de la dinastía Ming. Tras este desvío norteño, el camino debe seguir hacia al sur. Los vuelos internos facilitan la tarea de completar los casi 2000 kilómetros que separan Pekín y Hong Kong. En función del tiempo disponible se podrán hacer unas paradas u otras. O todas. Xian y Shanghái son las ineludibles.
La primera es conocida por sus guerreros de terracota: un conjunto de miles de figuras que se enterraron junto al primer emperador de China y que, desde su descubrimiento en 1974, son consideradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Y la segunda, en la costa este del país, completa la frase con la que empezábamos este texto: “Shanghái es donde Occidente seduce a China”. Considerada una de las ciudades más cosmopolitas del país, tiene uno de los ‘skylines’ más reconocibles del mundo. El distrito de Pudong acoge, entre otros, los 632 metros de la torre de Shanghái, la más alta del país y la segunda del mundo.

Desde Shanghái, el camino hacia Hong Kong puede continuar por las provincias de la costa, para explorar paisajes chinos no tan reconocibles. Hablamos de provincias como Fujian. Con una larga tradición marítima, fue punto clave en la ruta de la seda marítima. Xiamen y la isla taiwanesa de Kimmen se llevan buena parte de los turistas en esta zona, pero la joya más llamativa espera en la zona interior de la provincia: los ‘tulou’. Estas curiosas viviendas circulares, que parecen surgir del campo, también son Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y han sido el hogar de generaciones y generaciones de los ‘hakka’ y otros grupos étnicos de la zona.

Nada que ver con el modo de vida de los actuales ocupantes de Hong Kong. Con más de siete millones de habitantes y sin apenas espacio para construir nuevas viviendas –tres cuartas partes de su territorio son reserva natural–, a la antigua colonia británica no le queda más remedio que crecer ‘hacia arriba’. Por algo es una de las ciudades con más rascacielos del mundo (más de 1300). También de las que lleva un ritmo más vertiginoso. Aquí la mejor forma de moverse por la ciudad es el metro, nada de ‘rickshaws’.









