>>>“ Dejas todo para embarcarte en un viaje del que no sabes si volverás”.

“ Dejas todo para embarcarte en un viaje del que no sabes si volverás”.

Después de recorrer el mundo a pie, Nacho Dean no se ve en un trabajo de nueve a seis. Quiere centrarse en escribir su experiencia antes de emprender otra aventura.
C
uando en Ecuador salió de su tienda de campaña, el paisaje lo iluminaban luciérnagas. Fue una de las ‘postales’ más bellas. En Nepal, majestuosidad y miedo se mezclaron al ver que solo veinte metros lo separaban de un rinoceronte. Aunque pánico el que pasó en la frontera de Irán con Armenia cuando lo retuvieron por hacerse un ‘selfie’.
Ahora, tras tres años –partió de Madrid el 21 de marzo de 2013 y regresó el 20 de marzo de 2016– recorriendo el mundo a pie, Nacho Dean escribe desde la calma de Asturias, al norte de España. Redacta las aventuras –que publicará Planeta– vividas durante 33.000 kilómetros: 31 países de Europa, Asia, Oceanía y América.
Asegura: “La mayoría de la humanidad es buena, pero tienes que ir a los sitios sin juzgar, sobre todo si vas solo y a pie, que estás vendido”.

Casa carrito a cuestas

“Si no sabemos qué meter en una maleta para un mes de vacaciones, imagínate para una vuelta al mundo de tres años”, apunta Dean. En su carrito llevaba la tienda, el saco, la esterilla, algo de ropa, comida, bebida, una linterna, un cuchillo, un diario y una cámara de fotos.

Cuando este publicista malagueño de 35 años decidió partir, su único temor era no regresar vivo. Viajaba solo, con un carrito. “Era una vuelta al mundo a pie, sin asistencia ni compañía ni coches que llevaran la maleta. La dificultad y la inmersión aumentaban”, detalla, consciente de la dificultad de aspectos básicos como comer o dormir seguro. “Si estás en un desierto o montaña es fácil poner la tienda, pero en una jungla hay tigres y elefantes, o es peligroso en determinados países. En esos casos llamaba a las puertas: he dormido en templos budistas, mezquitas, barcos, el techo de una comisaria, Cruz Roja, Protección Civil…”
Visados y enfermedades complicaron la hazaña. En México contrajo fiebres altas que le paralizaron; situación aún menos sostenible porque para economizar viajaba sin seguro médico: “Partí con 3.000 euros, he recibido aportaciones, patrocinios; compraba comida en mercados y la gente era muy hospitalaria”.
Durante su viaje ha conocido a miles de personas, incluidos otros que también recorrían el mundo a pie.
“He conocido a miles de personas, pero hay zonas desérticas como los Andes o tan áridas como Acatama, donde estuve dos meses. En esos casos, hablo conmigo mismo, canto, me invento papeles de película y desarrollo técnicas de supervivencia para no volverme tarumba”, reconoce.
Como equipaje, un carrito de aluminio de 12 kilos, que solía pesarle 35, aunque a veces alcanzó los 70.
A ello se sumaba que atrás quedaba su familia: “A mi madre habría que ponerle un monumento”. Novia no tenía porque sabe que es “difícil que alguien espere tres años”. “Se hubiera venido conmigo”, apunta. No por ello ha conquistado muchos corazones en su viaje, ya que temía que de enamorarse le costara partir. “Era difícil llegar pero aún más marcharse; si te vas enamorando por todos los sitios no lo acabaría nunca”.
Pero regresó, once pares de zapatillas después, cargado de historias. Como cuando una noche en la India, mientras dormía en un templo, se le acercó un chamán a pintarle un lunar rojo entre los ojos para protegerle de malos espíritus. Quizá fueron esas bendiciones las que le salvaron en Bangladesh, donde salió airoso de un atentado; en El Salvador, cuando fue perseguido por un hombre con un machete, o en Honduras, donde la mordida de un perro le dejó sin poder caminar durante un mes.
Su aventura era también una apuesta por el medio ambiente. “Quería lanzar un mensaje de conservación del planeta e ir a pie es el medio más ecológico. Debe haber coherencia con lo que dices, predicar con el ejemplo. El turismo hay que enfocarlo hacia dejar la mejor huella ecológica posible; ser respetuoso con el medio ambiente, las culturas y poblaciones. A veces viajamos con mentalidad occidental primermundista y los lugares nos parecen inferiores, atrasados, con costumbres primitivas, pero hay que respetarlas, saber que somos diferentes y que la convivencia solo es posible desde el respeto”.
Le han cautivado especialmente Eslovenia, Irán, Malasia, Costa Rica y México, “por sus bonitos paisajes” y su gente. Australia es uno de sus parajes predilectos, pero también donde se ha sentido más solo. “Viajar es una experiencia muy subjetiva, cada uno tiene sus impresiones y experiencias”. Por eso las huellas que él quiere dejar son solo emocionales.

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