>>>Zalipie, el pueblo pintado de cuento
El motivo decorativo más repetido son las guirnaldas de flores.
Foto: Milosz Maslanka / Shutterstock.com

Zalipie, el pueblo pintado de cuento

Casas, puentes, pozos… y hasta las casetas de los perros. En esta aldea polaca cada rincón es un lienzo en blanco que decorar con flores pintadas.
E

l pueblo de Zalipie, al sureste de Polonia, bien podría haber surgido de la imaginación de los hermanos Grimm, pero su origen es menos fantástico que el de ‘Hansel y Gretel’. A principios del siglo XIX las casas de esta localidad, situada a 90 kilómetros de Cracovia, carecían de la ventilación adecuada, y las paredes se ensuciaban por culpa del hollín de las chimeneas. Lo habitual era tapar esas manchas con cal, hasta que una vecina decidió darle un toque artístico a ese problema doméstico. Dibujó una flor para tapar los restos de humo.

Otros habitantes de Zalipie imitaron este recurso, y con los años fueron mejorando su técnica y ampliando la gama de colores hasta convertir a Zalipie en “el pueblo pintado”. Este arte floral se ha ido heredando de generación en generación –sobre todo entre mujeres– y las guirnaldas pintadas decoran ya ventanas, muebles y menaje.

 

 

Cocina de una casa de Zalipie.
En casa de Felicia Curylowa hasta las tazas están decoradas con flores.
Foto: Mirek Nowaczyk / Shutterstock.com

Otros pueblos pintados

De las casas rayadas de Costa Nova (Portugal), al poblado mexicano de Palmitas rehabilitado gracias a los grafitis, pasando por los frescos de las fachadas de los palacios del Sur de Baviera… La tradición de pintar edificios no entiende de épocas ni de estilos.

El proceso se ha ido puliendo con el paso de los años. Los primeros dibujos eran sencillos. Como no tenían el material adecuado, fabricaban sus propios colores y toscos pinceles. Estos últimos los hacían con madera y con el pelo de los rabos de su ganado. Esta tradición se mantiene décadas después de que las instalaciones de las casas de Zalipie mejoraran y ya no hubiera manchas de hollín que disimular. La costumbre se mantuvo como escusa para mantener el pueblo presentable durante las celebraciones religiosas.

Como antídoto para superar los desastres de la II Guerra Mundial, en 1948 se organizó en Zalipie una competición de cabañas pintadas. Malowana Chata, que así se llama el evento en polaco, se celebra una vez al año, después de las festividades del Corpus Christi. La competición de 2017 tendrá lugar los días 17 y 18 de junio. Para esas fechas, se pintan nuevas flores y se restauran aquellas que han ido perdiendo su primer esplendor.

Fachada decorada de una casa de Zalipie.
Los alegres colores de Zalipie contrastan con la tradicional sociedad polaca.
Foto: HUANG Zheng / Shutterstock.com

Aunque el Malowana Chata es el mejor momento para conocer esta población de un millar de habitantes, durante el resto del año, también se puede dar un paseo por la localidad y visitar alguna de sus casas. Como la de Felicja Curylowa, una de las más coloridas de la localidad. Se comprometió tanto con el propósito del pueblo, que en su granja no había esquina en blanco, habitaciones incluidas. Tras su muerte en 1974, el que había sido su hogar se convirtió en museo.

Habitación de una casa de Zalipie.
El Museo Etnográfico de Tarnów es el encargado de organizar cada año el Malowana Chata.
Foto: Mirek Nowaczyk / Shutterstock.com

La iglesia parroquial del pueblo también ha ‘sucumbido’ a la destreza con los pinceles de sus vecinas, que han pintado el presbiterio y bordado los trajes litúrgicos. Y una dirección más, la Casa de los Pintores, que muestra la forma de trabajar de estas mujeres y su destreza artesanal. Además de comparar recuerdos, se puede asistir a un taller sobre pintura. De esta manera, el legado de “el pueblo pintado” ya no solo pasará de madres a hijas.

Aunque las casas pintadas no pueden igualar a la casa de chocolate del cuento, sus habitantes son mucho más amables y suelen abrir las puertas a los visitantes. Tampoco hace falta dejar un rastro de migas de pan para volver a casa.

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