>>>Rompiendo las olas en Puerto Rico
Foto: Marcus Dall/Unsplash.com

Rompiendo las olas en Puerto Rico

Donde el Caribe se cruza con el Atlántico surge un destino surfer que compite con Hawái y California. Cuando cojas la primera ola en Puerto Rico, no querrás bajarte de la tabla.
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ara algunos californianos el ‘verano del amor’ de 1968 terminó en Rincón, la pequeña localidad en el extremo oeste de Puerto Rico donde se celebró ese mismo año el primer Campeonato Mundial de Surf del Caribe. Muchos de ellos fueron a ver la competición y se quedaron a vivir, cambiando la gran urbe y un trabajo fijo por el estilo de vida alternativo de este refugio playero. Rincón se convirtió entonces en una meca del surf –a la que los Beach Boys cantaron en ‘Surfin’ Safari’– y la costa de Puerto Rico en el secreto mejor guardado de los ‘surfers’ más experimentados. La ausencia de multitudes, las aguas limpias y los alojamientos accesibles han convertido a esta isla en un destino perfecto donde atrapar las olas.

La capital del surf se encuentra a dos horas de San Juan, en la región de Porta del Sol. Una zona salpicada por infinitas playas surfeables donde cada recoveco y curva crean un oleaje diferente. Los spots más populares se reparten entre las ciudades de Isabela, Aguadilla y Rincón. Si bien el surf se practica en Puerto Rico todo el año, gracias a la gran variedad de playas que ofrece la isla, los atletas profesionales de este deporte llegan entre octubre y febrero, los mejores meses para disfrutar del oleaje alto (hasta cinco metros).

Vista aérea playa de Jobos
Jobos es una de las mejores playas donde aprender surf gracias a sus grandes olas en un área de baja profundidad.

‘Après surf’

Rincón compite con San Juan en oferta gastronómica. La taberna Tamboo es un clásico donde tomar marisco al final de la jornada playera. El ‘food truck’ Jack’s Shack, con vistas a Maria's Point, ofrece comida rápida de calidad. Y en La Ana de Cofresí se saborea la mejor cocina puertorriqueña.

En la carretera de la costa oeste hay que seguir a las viejas furgonetas Camper y sus tablas de surf atadas, o bien fijarse en cualquier grieta costera donde haya un escarabajo de los años 70 aparcado frente a un horizonte de palmeras y flores tropicales. Para estas paradas improvisadas basta con lo esencial: tablas, protector solar y cera. Isabela, una ciudad llena de playas para todos los niveles de dificultad, merece algo más de dedicación. Allí se encuentra Jobos, una de las favoritas de los puertorriqueños para navegar.

Los que se prefieran saltarse la carretera y (casi) aterrizar sobre las olas cuentan con el aeropuerto de Aguadilla. En esta localidad se puede elegir entre cabalgar las olas de Crash Boat, considerada una de las mejores playas de Puerto Rico; o sumergirse en la bahía en busca de las olas cristalinas de playa Bridges, donde es fácil cruzarse con expertos ‘surfers’ que se atreven con las olas más altas.

Aunque, sin duda, la mejor manera de atrapar a los amantes de las olas en su elemento es poner rumbo a Rincón, que esconde algunas de las playas más míticas del circuito surfero de la isla. Playa Domes cuenta con fuertes olas, por lo que es ideal para los surfistas experimentados. Desde las siete de la mañana se pueden ver tanto locales como extranjeros subidos a las tablas. Tres Palmas posee la fama de tener algunas de las olas más grandes del Caribe. Y Maria’s Point – llamada así por la dueña de una máquina de refrescos que vendía Coca Cola a los surfistas durante el torneo de 1968– cuenta con olas de vértigo.

Dos surfistas navegando en playa de Puerto Rico
La media de temperatura del agua es de 20º, por lo que una camiseta de neopreno de 1mm será suficiente para surfear.
Foto: Daniel Mccullough/Unsplash.com

Rincón también ofrece planes alternativos para los días de oleaje plano. Se puede navegar en busca de ballenas jorobadas durante su migración –entre los meses de enero y marzo–, o lanzarse a explorar algunas de las poblaciones montañosas como Moca o Maricao. También conocida como ‘la ciudad de los bellos atardeceres’, otro plan es disfrutar de las espectaculares vistas al vaivén de una hamaca mientras se saborea un ‘especial pirata’, un cóctel servido en coco fresco. Si a esto le acompaña una historia de olas perfectas y atunes gigantes contada por alguno de las viejos ‘surfers’ instalados en la isla desde el 68, entonces sí podremos decir que hemos estado en la capital del surf.

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