Sri Lanka

Bendecida por la naturaleza

Conoce qué templos budistas, playas de ensueño y ciudades coloniales esconde la exuberante naturaleza de la ‘isla resplandeciente’.
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ada más llegar a Colombo, la capital, decidimos romper la barrera del picante. No se nos durmió la boca, como nos sucedió camino a la ciudad de Kandy, pero nuestra primera incursión en la cocina local fue suficiente para entender por qué las calles de Sri Lanka huelen a especias. La canela, la vainilla, y sobre todo el té, son las verdaderas joyas de esta ‘isla resplandeciente’ en forma de lágrima situada en el oceáno Índico. La plaga de hongos que terminó con sus plantaciones de café a mediados del siglo XIX fue el comienzo de la producción de té en Sri Lanka. El té que aquí se produce es conocido en todo el mundo como té de Ceilán, el nombre con el que los ingleses bautizaron a la isla en 1796.

La comida en Sri Lanka es muy especiada y diferente a la india.

El té que aquí se produce es conocido en todo el mundo como té de Ceilán.

El té marcó la topografía de la isla. Los elefantes autóctonos se utilizaron para deforestar más de 200.000 hectáreas de terreno donde cultivar las plantas de té importadas de China. Las plantaciones se concentran, sobre todo, en las colinas del centro de la isla, en Nuwara Eliya, donde el fresco y húmedo clima es más propicio. La mermada población de elefantes vive ahora en los numerosos parques naturales, como los de Yala y Udawalawe. Conviven allí con monos, búfalos, serpientes, ciervos, aves, leopardos y hasta dragones de Komodo. No es difícil ver a estos gigantescos lagartos bañarse en los ríos junto a las carreteras.

Nuwara Eliya es una de las zonas de plantación de té más conocidas de Sri Lanka.

El tren es una buena opción para recorrer las plantaciones de té. Aunque podemos tardar cuatro horas en hacer 100 km. También las vías del ferrocarril se utilizan para desplazarse a pie. Nosotros utilizamos el tren varias veces. Entre ellas, para llegar a la costa. En Galle, Unawatuna, Welligama y Matara, al sur de la isla, encontramos playas donde los turistas hacen surf, bucean o contratan embarcaciones para avistar ballenas. Los pescadores lanzan sus redes subidos en zancos al amanecer y atardecer. Tras ayudarles a recoger las redes, les compramos uno de los peces recién pescados. Lo cenamos allí mismo, acompañado por arroz y fideos, preparado por los propios pescadores. Cerca de Matara se encuentra el faro de Dondra. Es el punto más meridional de la isla y desde lo alto se obtiene una buena vista de la zona. Otro destino de playa, donde se agrupa un gran número de resorts e instalaciones deportivas, es Bentota, cerca de Colombo. Al este de Sri Lanka, Arugam Bay, Triconmalee y Pigeon Island son el objetivo de los aficionados al buceo y al surf.

Cinco siglos de tradición budista

La población de Sri Lanka es una mezcla de razas y culturas de origen mayoritariamente tamil, procedente del sureste de la India. El 90% de los habitantes son budistas. Por ello, se encuentran repartidos por todo el país cientos de templos budistas, donde se depositan ofrendas, muy agradecidas por los monos. Algunos tan curiosos como el templo de Tissa Dagoba, construido hace 1.800 años junto a un lago. En él se veneraba un desaparecido diente de Buda. La influencia de las creencias budistas es visible también en el número de niños monjes y en las escuelas que nos encontramos.

Además del tren, el transporte más común de la isla, y no solo para distancias cortas, es el tuk tuk. Estos triciclos motorizados sortean el bullicioso tráfico de la capital, donde los pitidos de los coches son parte de su melodía diaria. Eso sí, antes de alquilar uno, es imprescindible regatear. Como también lo es para comprar un zumo de papaya, mango o de cualquiera de las fragantes frutas que se encuentran en los abigarrados mercados, como el de Pettah en Colombo. En este mercado, solo apto para intrépidos, la amabilidad de la gente contrasta con el ritmo frenético de la vida en la capital.

El Sri Dalada Maligawa, en Kandy, guarda como reliquia un diente de Buda.

Al igual que en Colombo, el pasado colonial de la isla, regida por portugueses, holandeses e ingleses durante varios siglos, ha dejado su huella en la arquitectura de otras ciudades como Kandy, Dambulla o Polonnaruva. La influencia occidental convive con los templos budistas. Uno de los más destacados es el Templo de Oro de Dambulla, un conjunto religioso erigido en el interior de cuevas con 153 estatuas de Buda.

La red ferroviaria permite viajar por todo el país con más eficacia que por carretera.

Elegimos ver Sigiriya desde Pidurangala, la montaña que se alza enfrente.

No muy lejos de allí, decidimos visitar el que es el vestigio arqueológico más espectacular. Las ruinas del antiguo palacio de Sigiriya, construido en el siglo V, se encuentran al pie y en la cima de la una roca de 370 metros de altura formada por el endurecimiento de la lava de una erupción volcánica. Pero quisimos hacerlo de otra forma. Elegimos ver Sigiriya desde Pidurangala, la montaña que se alza enfrente. La subida es una mezcla de escalada, evitando rocas sueltas y saltos de agua, e interminables escaleras. Sin duda, ver cómo Sigiriya nace de la jungla y parece esconderse en las nubes es una de las sensaciones más impactantes del viaje.

Té de Ceilán

El clima cálido y húmedo de Sri Lanka permite que las plantaciones de té produzcan durante todo el año tanto té negro como verde y el apreciado blanco. La mayor de las plantaciones se encuentran en las montañas del centro y el sur del país, a más de 1.000 metros sobre el nivel del mar. Pero también se localizan plantaciones, de variedades de té indias, en las llanuras costeras. Los tés más apreciados de Ceilán son el Nuwara Eliya, Uva Highlands y Dimbula. La recogida y manufactura a mano del té es una forma de vida para muchas familias de la isla.

La playa de Mirissa es uno de los enclaves favoritos de los surfistas en el sur de la isla.

Los que no tienen miedo a las ascensiones visitan también otra de las joyas naturales de Sri Lanka, el Pico de Adán, una montaña en forma de cono de 2.200 metros de altitud. El camino está iluminado para facilitar el ascenso, que se realiza por la noche. Además de una vista inigualable de los alrededores, la recompensa de subir miles de escalones durante tres horas, es ver la huella en piedra dejada por, según cada creencia, Adán, Shiva o Buda. Presenciar el amanecer desde lo alto es una vista muy apreciada. Aunque no llegue a vislumbrar el acantilado del vecino Parque Nacional Llanuras de Horton conocido como ‘el fin del mundo’. Quizás tengan razón las leyendas y Adán pisó realmente este país. La vista de este bosque nuboso nos ha parecido el paraíso.

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