India

Desarmando mitos

India combina el bullicio de Delhi y Bombay con la calma de sus centros de meditación, y esa contradicción nos hipnotiza. Un país que, como escribió Mark Twain, tiene “un interés imperecedero para los extranjeros”.
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el esplendor a los harapos, de los palacios al hambre, de las lámparas de Aladino y la selva a las cien lenguas. Con contradicciones describía el escritor Mark Twain la India, destino que se sueña antes de abarcarlo. Forma parte de nosotros desde que nos imaginamos recorriendo no sus grandes monumentos, sino sus pequeñas callejuelas, agarrándonos a la literatura que sus escenarios nos evoca, anclándolos a nuestras entrañas. El autor de “Las aventuras de Tom Sawyer” recorrió India a finales del XIX y la describió como “la madre de la historia, la abuela de la leyenda y la bisabuela de la tradición”.

Palacio de Delhi
La parte vieja de Delhi ofrece la belleza de los monumentos del antiguo centro del Imperio mogol.

India es aprender a encontrar nuestros prejuicios para seguidamente desarmarlos

Pero India no es el país idealizado por tantos. Es aprender a encontrar nuestros prejuicios para seguidamente desarmarlos. Como ocurre cuando se llega a Delhi, Agra o Jaipur, las tres ciudades más visitadas del noroeste del país. Distantes entre sí unos 250 kilómetros, conforman el conocido como ‘Triángulo dorado’: una ciudad rebosante de vida, Delhi; la belleza de los monumentos del antiguo centro del Imperio mogol, Agra; y el rosa, radiante, de la ciudad de Jaipur, capital de Rajastán, tierra de fuertes, palacios y desierto.

Jaipur
Jaipur adquirió su característico color en 1876 cuando el maharajá Ram Singh ordenó pintarla como símbolo de hospitalidad ante la visita del príncipe Alberto, esposo de la reina Victoria de Inglaterra.

Cuando se alcanzan estas ciudades –si se llega en coche serán necesarios un buen claxon, buenos frenos y buena suerte– el viaje comienza a materializarse, comprendemos lo que significa compartir espacio con tantas almas. Delhi, con casi 19 millones de habitantes, es una de las ciudades más pobladas del mundo; una megalópolis en permanente movimiento, donde dos zonas contrastan: la Vieja Delhi, capital del imperio musulmán mogol en el siglo XVII, con la Gran Mezquita (Jama Masjid) y el Fuerte Rojo (Lal Qila), bordeado por la arteria Chandni Chowk. Y al sur, Nueva Delhi, zona edificada por los británicos caracterizada por sus amplios bulevares arbolados. Tiendas y cafés discurren bajo las columnatas blancas de Connaught Place o el bulevar Rajpath, que abarca desde la Puerta de la India hasta Rashtrapati Bhavan, residencia oficial del presidente.

Fuera del triángulo

A veces los desvíos son lo mejor del camino. Permiten escapar de las rutas turísticas y conocer templos como el centenar dedicado a Shiva en la ciudad de Bateshwar, cerca de Agra. Esta ciudad acoge, durante tres semanas en octubre o noviembre y también con origen religioso, la segunda feria de ganado más importante de India. Aunque nuestro interés por esta reunión de caballos, cabras, camellos y bueyes bajo los toldos amarillos y naranjas no sea comercial, será una oportunidad para vivir un ambiente que apenas ha cambiado en 2.000 años.

Tras el ruido uno intentará hallar paz en el emblema de la ciudad, en la postal de los sueños. Agra acoge el monumento más visitado de India: el Taj Mahal. El mausoleo en mármol blanco, encargado por Shah Jahan para albergar los restos de su esposa, está rodeado de jardines, conductores de tuk tuks y fotógrafos que ofrecen inmortalizar la visita por cien rupias. Espíritu y negocio, la vida en continua supervivencia. La vista es inolvidable desde el parque Mehtab Bagh, en la otra orilla del río Yamuna, o desde el fuerte de Agra. La antigua residencia de los emperadores mogoles es un complejo de apartamentos reales y patios que ofrece un relajado refugio en contraste con los laberínticos bazares medievales. Tras Agra, al adentrarnos en la ciudad Fatehpur Sikri, podemos hallar los espíritus de las concubinas, emperadores y sirvientes que cruzaron una vez la gigantesca puerta de piedra roja.

Casas típicas en Jodhpur
India es uno de los destinos más espirituales que se pueden visitar.
costas anton dumitrescu / Shutterstock.com

El camino continúa hasta la puerta de Rajastán, Jaipur. Los bazares que salpican el centro histórico llegan hasta una muralla cuyo color le da nombre: “Ciudad rosa”. Los habitantes utilizaban ese color como símbolo de buena suerte pero la costumbre fue decayendo hasta que la recuperaron a principios del siglo XX. Como emblema, el Palacio de los vientos (Hawa Mahal), con su delicada fachada de cinco plantas con miradores desde los que las mujeres de la familia real observaban la calle.

Udaipur, la Venecia de Oriente.
Jodhpur es la segunda ciudad más grande de Rajastán.

En Rajastán se encuentra la primera semilla de calma

En Rajastán se encuentra también la primera semilla de calma. Desde centenarios palacios reconvertidos en hoteles que permiten al visitante sentirse como un maharajá del Raj británico hasta festivales de literatura, como el Diggi Palace Hotel, o paseos en camello. Propuestas que combinan el privilegio de alojarse en una tienda de campaña tras las murallas de un fuerte de 350 años de antigüedad en Ramathra Fort, con ser guiado por su propietario Ravi Raj Pal en un safari a través del valle de Daang, un paisaje árido por el que una vez vagaron tigres y bandoleros.

Si Jaipur es rosa, Jodhpur es azul, con su fuerte sobre la colina, Mehrangarh, y el palacio real Umaid Bhawan. Y la tercera joya de Rajastán es Udaipur, con sus numerosos lagos sobre los que flotan los palacios que le han hecho ganar el sobrenombre de la “Venecia de Oriente”.

El banco del desamor

El Taj Mahal es un poema de amor en mármol, construido por 2.000 artesanos entre 1631 y 1648. Pero también fue símbolo del desamor. La prensa publicó en 1980 una foto del príncipe de Gales frente al monumento, con las palabras: “Espero regresar algún día con mi esposa”. En 1992 el príncipe volvió a India, pero solo Lady Di visitó el Taj Mahal. Posó en el mismo banco en el que fotografiaron a su marido doce años atrás. “Hubiera sido mejor si los dos estuviéramos aquí”, dijo. Diez meses después, los príncipes de Gales anunciaron su separación. Desde entonces, el banco se conoce como el de la princesa.

Considerado el lugar más romántico de la India, se pueden hacer paseos en barco.

Extasiados por la belleza de India nos preguntamos qué queda de nuestras concepciones, de esa imagen preconstruida. La respuesta la encontremos en los ‘ashram’, centros de enseñanza de yoga y meditación. Se conoce como turismo espiritual, pero va más allá de retiros, aprendizaje de estas disciplinas o cuidados de cuerpo y mente. Es asimilar, tras el caos y el estrépito de las ciudades por las que hemos vagado, que la paz debe nacer de nosotros mismos para que sea una buena compañera de viaje, que tenemos que saber desprendernos de lo innecesario para agarrarnos a la felicidad de la coherencia.

Kundalini es una de las disciplinas que se aprenden en estos centros. Se trabaja la espiritualidad a través de nuestras propias emociones, nuestra creatividad, nuestro propósito en la vida. Hay un proverbio indio que dice: “No hay árbol que el viento no haya sacudido”. Eso es lo que sucede cuando viajamos a India, cuando hacemos realidad el anhelo: quedamos sacudidos, exhaustos, rompemos nuestras creencias. “Viajar –apuntaba Twain– es fatal para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente”. India lo ratifica, desarma nuestros juicios previos, pero al menos nos deja el aprendizaje de saber que frente a eso, la realidad es mucho más excitante.

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