>>>El reino feliz del Himalaya
Foto: Amankora Lodge

El reino feliz del Himalaya

Desde la Felicidad Nacional Bruta, hasta la loca sabiduría budista. Bután es otra realidad donde las criaturas mágicas habitan las montañas y los monjes juegan al fútbol junto a ríos sagrados
A

terrizamos en Bután, un abrupto y diminuto reino a los pies del Himalaya, custodiado por dos gigantes: China e India. Una monarquía alimentada por leyendas de dragones, reyes que buscan la felicidad y montañas inaccesibles. Aunque la entrada en este reino no se hace sobre un dragón salvaje o una tigresa voladora, como los personajes que viven en sus historias más conocidas, sí que es uno de los vuelos más adrenalínicos del mundo. El aeropuerto de Paro, el único que recibe vuelos internacionales, solo cuenta con una pista y la maniobra de aterrizaje es tan complicada que apenas los nueve pilotos de la compañía nacional Drukair tienen permiso para hacerla.

Esta fortaleza budista de picos ascendentes (su nombre en sánscrito significa tierras altas) estuvo vetada a los turistas hasta los años 70, en los que abrió sus puertas a Occidente gracias a su cuarto monarca, Jigme Singye Wangchuck, padre del actual rey. Fue quien además implantó el FIB (Felicidad Interior Bruta), una escala que mide el éxito del país en lugar del PIB. De acuerdo con esto, la cultura, el medio ambiente y el desarrollo espiritual tienen tanta importancia como la economía.

Joven con traje tradicional en Bután
El visado para entrar en Bután es de los más caros del mundo, 250 dólares por día, y es obligatorio ir acompañado de un guía local.
Foto: Tourism Council of Bhutan

Más de 30 festivales

Los famosos festivales de Bután, llamados ‘tshechus’, tienen lugar durante todo el año y en todas las regiones, por lo que siempre es posible sumergirse en alguno de estos rituales milenarios en honor a Guru Rinpoche. De los más de treinta que se celebran, los de Paro y Timbu son los más coloridos y multitudinarios.

La tradición se respeta en Bután, pero va cediendo terreno a la modernidad. Al llegar a la capital, Timbu, la única del mundo sin semáforos, sorprende ver a sus habitantes hablando con el móvil y vestidos con el traje tradicional. Los hombres llevan ‘ghos’, un kimono por la rodilla y las mujeres chaquetas de seda y ‘kiras’, una especie de sarong largo.

El 72% del país está cubierto de vegetación y más del 60% es reserva natural, eso convierte el trekking en una experiencia obligada. Las posibilidades van desde un marcha simple por los alrededores de Timbu, hasta el ‘Snowman Trek’, una de las rutas más difíciles del mundo, a 4.500 metros. Justo a partir de esta altura crece la amapola azul, la flor nacional.

Danza tradicional en un festival de Timbu, Bután
En el Museo Textil de Timbu cuentan con una colección de vestiduras reales y muestras de tejidos de todo el país.
Foto: maodoltee / Shutterstock.com

A una hora en coche de la capital se encuentra el monasterio de Taktsang, conocido como el nido del tigre. Tres horas de subida a través de bosques de pinos llevan a este templo (la postal más reconocible de Bután) que cuelga de un acantilado en el valle de Paro, a una altitud de 3.120 metros. Fue construido en la cueva donde meditó Guru Rinpoche, fundador de la escuela tibetana de budismo Nyingma. La leyenda cuenta que voló hasta aquí a lomos de una tigresa y permaneció en la cueva durante tres años, tres meses, tres días y tres horas.

Monasterio de Taktsang
La subida hasta Taktsang se hace sin porteadores. Los enseres los suelen cargan los caballos, o en el caso de regiones altas, los yaks.
Foto: KiltedArab / Shutterstock.com

La parte occidental de Bután es la más visitada. Sin bajar nunca de los 2.000 metros de altura, se establecen rutas de un templo a otro, en coche o a pie. La espiritualidad penetra en todos los niveles de la vida. El budismo es la religión principal y está ligada al estado. Las leyendas de espíritus están por todas partes: ríos, bosques y montañas. Es habitual cruzarse con butaneses que peregrinan a alguna ermita o monjes que, tras hacerte un ritual con incienso, agua bendita y platillos, te envían de vuelta al camino. Hay más de 10.000 monumentos religiosos y casi 2.000 ‘dzongs’ (monasterios-fortalezas) repartidos por todo el territorio. El segundo más antiguo y grande del país es el de Punakha, en el valle del mismo nombre, donde se localizó la capital hasta 1955. Uno de los monasterios más hermosos, que ofrece además de su majestuosa arquitectura, la posibilidad de estar con los monjes que viven allí.

Las leyendas también persiguen a los más atrevidos que consiguen llegar hasta la zona oriental, la menos accesible. Hogar de la etnia sharchop, tradicionales pastores de yak, con templos como el imponente ‘dzong’ de Trashigang o el santuario silvestre Sakteng, donde los nómadas creen que habita una criatura yeti. Es imposible distinguir donde acaban los cuentos y empieza la realidad. Resulta más fácil recrearse en el dramático paisaje del Himalaya y sonreír en el país más feliz de Asia. Porque como dice su exministro de educación Thakur S. Powdyel: “Lo que de verdad cuenta no es siempre lo que puede contarse”.

 

Artículos relacionados

El difícil sendero de la inmortalidad

“Todo aquel que sobrepase este punto se convertirá en medio inmortal”. Es la inscripción que te espera si consigues llegar...

Los mejores ‘resorts’ espirituales

Buda decía que la paz viene de dentro y no hace falta buscarla fuera, pero en una ‘infinity pool’ en...

En busca del templo tranquilo

En Bangkok, la ciudad solo descansa en el interior de sus santuarios, donde los monjes se levantan en mitad de...

Campamento de verano para yonquis tecnológicos

“Surrealista y sorprendente”. Así se define Camp Grounded, el campamento de verano para adultos con sede en Mendocino, California. Para...