>>>El país del thanaka
La pagoda Shwezigon, en Bagan, es una de las más importantes de Myanmar.
Foto: R.M.Nunes/Shutterstock.com

El país del thanaka

Empieza a hacerse hueco en las listas de destinos más deseados, pero el desconocido Myanmar aún guarda secretos. Como las misteriosas pinturas con las que cubren su cara los birmanos.
E

l maquillaje birmano tiene un nombre sonoro, casi musical. Thanaka. Llama la atención enseguida porque la mayoría de las personas lo llevan. Mujeres, niños y muchos hombres pintan sus mejillas con esta especie de barro amarillo que funciona también como protector solar. Y no dudan en compartirlo con nosotros, los acalorados turistas, exploradores incansables de templos e indiscutibles novatos en lo que a moda birmana se refiere.

El thanaka es casero. Se consigue machacando la corteza de un árbol y disolviéndola en agua para después aplicarlo en el rostro o en el cuerpo, normalmente haciendo un círculo, aunque a veces con elaborados dibujos que consiguen con la ayuda de un palillo. Pero su original interpretación del ‘body painting’ no es el único complemento que nos falta. La vestimenta tradicional, el Longyi, una especie de falda de tubo que llevan tanto ellos como ellas, no parece hecho para nosotros, incapaces de atarla sin ayuda de cinturones ni cremalleras como hacen los locales.

Niños birmanos con thanaka
Las primeras referencias sobre el thanaka datan del siglo XIV, pero su uso se remonta a más de 2.000 años.
Foto: Dietmar Temps/Shutterstock.com

Acrobacias en el lago Inle

Aldeas flotantes, estupas y miles de barquitas llenan este lago de agua dulce de unos 21 kilómetros de largo. Llaman la atención los hábiles pescadores, que faenan sobre una pierna porque utilizan la otra para sujetar el remo o las redes.

Nos sienta mejor el buen humor birmano. ‘Mingalabar’ es más que un saludo. Significa “que tengas un día próspero” y lo escuchamos en la entrada de cada pagoda, en los puestos del mercado Bogyoke y en las orillas del lago Inle. Con una sonrisa permanente nos adentramos en este “paraíso escondido”, así lo anuncian las agencias de viaje. Lo fue hasta hace poco. Tras 25 años de dictadura militar, en 2015 celebró sus primeras elecciones libres. Ganó la Liga Nacional para la Democracia, el partido de ‘La Dama’, Aung San Suu Kyi, premio Nobel de la Paz en 1991.

 

La incipiente apertura del país ha supuesto un incremento notable en el número de visitantes, que acuden en busca de una autenticidad ya en extinción en otros países del Sudeste Asiático. Se encuentra en sus calles de tierra y en los carritos de ‘street food’ de Anawrahta Road y Chinatown, en Yangon. Los vendedores de pulseras y marionetas tienen tiempo para acercarse a los turistas y preguntarles su nombre. Ellos también se presentan (¡Mingalabar!) y esperan pacientemente a que acaben su visita para venderles coloridos ‘souvenirs’.

Globos aerostáticos sobrevolando Bagan
Otra forma de explorar Bagan es hacerlo en globo aerostático.

Momo, una jovencísima birmana con coleta baja y risa fácil nos sigue de templo en templo por el jardín de estupas que es Bagan. Este conjunto arqueológico engloba 2.230 templos y pagodas construidos entre los siglos XI y XIII. Una delicia para la vista, sobre todo al atardecer, cuando el apodo del país, “la tierra de las pagodas doradas”, adquiere todo su significado. A la salida, Momo sigue allí. Nos ofrece un sinfín de objetos. Cajas lacadas, thanaka, budas de madera de teka, máscaras… y cascos de moto.

Cerca está el Monte Popa, otra de las excursiones imprescindibles de Myanmar. Madrugamos para coronar este volcán, ya extinto, y visitar el monasterio budista de su cima. 777 escalones tallados en la roca que hay que subir descalzo (en los primeros 200 te dejan usar calcetines). Hay turistas, pero sobre todo, birmanos que peregrinan para honrar a los 35 ‘nats’ o espíritus que habitan este monte de 1.518 metros de altitud.

A pesar del sofocante calor, lo conseguimos. Protegidos, claro, por el thanaka. Los ‘mingalabar’ del camino han surtido efecto: nos sentimos realmente prósperos.

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