>>>Mozambique, orillas y claveles
Mujeres Makua, con la tradicional cara pintada de blanco, dan la bienvenida a un grupo de turistas.
Foto: Alberto Loyo / Shutterstock, Inc.

Mozambique, orillas y claveles

Mozambique son sus islas y sus playas. Arenas camaleónicas, Índico cálido. Su pasado, ese legado portugués, y su primavera aún florecientes. De Maputo, la capital, a las orillas.
S

uplicaba la poetisa mozambiqueña Noémia de Sousa que le quitaran todo pero que le dejaran la música. “Pueden desterrarnos, llevarnos a tierras lejanas, vendernos como mercancía, atarnos de sol a luna y de luna a sol”, escribía. “Pero seremos siempre libres si nos dejan la música”. Se refería a esas costas que vislumbrase desde su carraca São Gabriel Vasco de Gama tras doblar el cabo de Buena Esperanza, donde el mapa terminaba y empezaba el sueño de las Indias. A esas orillas en las que germinaron también los claveles de la revolución portuguesa en los años setenta y con ellos la primavera de la independencia.

En Mozambique, esos siglos de presencia portuguesa no desaparecen de un plumazo. Se siente tanto en la gastronomía como en la huella de sus conquistadores. Hay platos que ya se comían antes de que los barcos portugueses atracasen y que se siguen comiendo. Entre ellos, uno de los más típicos, la matata, un guiso de almejas y cacahuetes que se acompaña con arroz. Casi todo en el país se come con arroz. Desde estas almejas que también se sirven con leche de coco hasta al pollo con la famosa salsa piri piri picante.

Vista aérea de la costa de Mozambique.
Impresionan las vistas aéreas de esta pequeña isla tropical en África, donde predominan los verdes y azules.

También se nota en Mafalala, símbolo de la revolución. Por sus callejuelas angostas corrían descalzos a comienzos del siglo XX los hijos de los inmigrantes que llegaban a la ciudad, bajo sus techos de zinc se reunían mediada la centuria los intelectuales que clamaban contra la colonización portuguesa y de sus entrañas brotó la independencia. El barrio de Mafalala es el corazón de Maputo, la capital, hoy atracción turística de locales de música en vivo y una cultura que se mantiene como esa imprescindible gasolina del fuego de las revoluciones.

Mia Couto, compatriota de la poetisa, escribió también: “En los confines del mundo, donde el tiempo descansa, la tierra se desnuda y los dioses acuden a rezar”. Versos que dedicaba a Mozambique, a la playa, a un país que hoy continúa floreciendo. Si en Maputo queda el eco de revoluciones y los ritmos de música de marrabenta, fusión de los ritmos tradicionales y de la influencia occidental; en las orillas permanece la certeza de un Índico cálido que acoge y provee. Porque este país del África más oriental son sobre todo sus playas y sus islas. Sus bancos de arena blanca como un camaleón que muta con el sol.

Mujer en la playa de Barra.
Una mujer lleva productos en la cabeza, que vende en la playa de Barra.
Foto: Erichon / Shutterstock, Inc.

El archipiélago de las Quirimbas, al norte, con sus islas con nombres como Quipaco, Quisiva o Mefunco que recuerdan al Macondo de la novela, al realismo mágico de una tierra esta de pescadores y agricultores donde bucear en busca de corales y cientos de especies de peces y donde navegar en un ‘dhow’ de madera a vela, rota la barrera del tiempo, el mismo barco en el que los árabes exportaron su Islam al mundo. O yacer si no sobre las arenas de las islas Bazaruto, al sur, sin calles, lejos de los hormigones, donde descubrir las bandadas de flamencos en sus manglares y terminar reescribiendo a la poetisa y suplicando esta vez que no nos quiten la tierra a la que llegamos.

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