>>>Morir de amor en la Toscana

Morir de amor en la Toscana

Un paseo de la mano por un pueblo medieval, un vino a la luz de las velas, admirar juntos el arte renacentista… Perdónanos París, pero la Toscana es el verdadero destino de los viajeros románticos.
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levado ritmo cardiaco, palpitaciones, sudoración y temblores. Podrían ser los síntomas clásicos del enamoramiento, pero también coinciden con los causados por el síndrome de Stendhal o síndrome de Florencia. Este se produce cuando un individuo es sometido a una sobrecarga de belleza. Ocurre en la Toscana, donde los besos saben a vino y a trufa. En los casi 23.000 kilómetros cuadrados que ocupa esta región en el centro-oeste de Italia caben campos ondulados, viñedos, pueblos encantadores (y muy instagrameables) y ciudades que respiran arte.

Florencia es la capital de la Toscana y uno de los ‘must’ de cualquier viajero. Esta ciudad, antiguo señorío de los Medici, fue el epicentro del Renacimiento, y precisamente en su basílica de Santa Croce, el escritor francés Stendhal sufrió el síndrome al que daría nombre. En su Ponte Veccio miles de parejas han sellado su amor colgando un candado y tirando la llave al río Arno. En Siena merece la pena pararse a contemplar la vida en la Piazza del Campo, una de las más bonitas de Italia. Pisa, Lucca y Pienza, donde hay que probar la especialidad, el queso pecorino, son otras de las principales ciudades de la Toscana en las que ‘perderse’ forma parte del plan.

Piazza del Campo
En la Piazza del Campo se celebra dos veces al año (julio y agosto) el Palio, una famosa carrera de caballos de origen medieval.

Un paisaje de cine

La Toscana es escenario de película. ‘Bajo el sol de la Toscana’ se rodó en Cortona; ‘El paciente inglés’, en Pienza y Montepulciano, ‘La vida es bella’ en Arezzo… Y cuando el protagonista de ‘Gladiator’ sueña con el paraíso, lo que ve el espectador es el toscano Valle de Orcia.

A pesar de gozar de ciudades tan reputadas, el encanto de la Toscana reside en sus paisajes y sus pueblecitos. Su territorio, un manto de ‘parches’ de diferentes tonos de verdes, ocres y amarillos, está salpicado de viñedos, olivos, cipreses y girasoles. Cuando se recorre en coche -o en vespino-, el próximo destino deja de ser el siguiente pueblo y se convierte en el aquí y ahora. Pararse a capturar la majestuosidad del paisaje o desviarse a descubrir una bodega o un nuevo pueblecito es una constante del viaje.

 

El típico pueblo toscano pertenece al Valle de Orcia (Val d’Orcia), conserva su arquitectura medieval, se encarama sobre una colina y está rodeado de murallas. Sus calles, callejones y pasadizos empedrados desembocan con frecuencia en plazas sorprendentemente grandes o en miradores que se asoman al apacible y fotogénico paisaje toscano. Montalcino, San Quirico, Montepulciano, Volterra, Pitigliano… son algunos de los rincones encantadores y pintorescos en los que retratar nuestro amor. Montemerano, muy cerca de las termas de Saturnia, posee una muralla triple ideal para ‘selfies’ acaramelados. San Gimignano, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, conserva 14 de las 72 torres que llegó a tener, por lo que su ‘skyline’ es de los más memorables de Italia.

Calle empedrada en un pueblo de la Toscana.
Los geranios son el adorno más típico en las calles de la Toscana.

Para descansar y hacerse arrumacos tras un día de turismo en la Toscana prolifera el agroturismo y las ‘aziendas’, que compaginan el alojamiento con la actividad agraria. Ya sean antiguas casas de campesinos, villas medievales o bodegas, suelen estar rodeadas de viñedos, olivares o campos de frutales y cereales. Algunos como Agriturismo Marciano, a las afueras de Siena, o Rosewood Castiglion del Bosco, en Montalcino, ofrecen a sus huéspedes clases de cocina y les dejan participar en la recogida de la uva.

Vista de San Gimignano
En la Edad Media las familias adineradas competían entre sí con la altura de sus torres.

Porque el vino es otra de las deliciosas características de esta región. El Chianti, el Brunello di Montalcino o el Vino Nobile di Montepulciano son de los mejores de Italia (mayor productor de vino del mundo) y resultan perfectos para un brindis a la luz de las velas. Para acompañarlo, trufas blancas de San Miniato, ‘funghi porcini’, o el ‘antipasto’ típico de la zona, el ‘crostini di fegatini’ (tostas de paté de pollo). Una buena ‘bistecca a la fiorentina’ o unos ‘parpadelle’ de plato principal, y de postre un cremoso helado italiano. Para compartir, claro. Ya sea por amor o por síndrome.

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