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Magia en La Habana

No sabemos si serán sus paredes chillonas o el ritmo frenético de su rumba, pero el callejón de Hamel hechiza…quizá sea cosa de los orishas.
Color y más color: una galería de arte al aire libre en la barriada de Cayo Hueso, cerca del Malecón. Entre las calles Aramburu y Hospital, se alza el primer mural dedicado a la cultura afrocubana en la vía pública. Una mezcla de poesía, pinturas y esculturas hechas con restos de viejas bicicletas, bañeras abandonadas y esmalte de coche que se exhiben a lo largo de 200 metros de callejuela.

Palo Monte, culto afrocubano

En el callejón hay un altar de Palo Monte (o nganga) donde los creyentes dejan sus ofrendas. Esta religión afrocubana, que a menudo se confunde con la santería, se basa sobre todo en la adoración a la Naturaleza y la relación con los ancestros a través de rituales.

Fíjate bien, te costará encontrar un centímetro que no haya pasado por las manos de Salvador González Escalona, pintor y escultor cubano, creador de tan singular obra que lleva gestándose y creciendo desde 1990. Sus trabajos han dado la vuelta al mundo pasando por Nueva York, Roma, Madrid o Caracas, pero Salvador sigue fiel a su raíces, viviendo y trabajando en el callejón, su casa, mientras turistas curiosos se pasean admirando las acuarelas y los carboncillos que tiene a la venta.
Si te encuentras a Salvador y le preguntas por el mural, te hablará de “una mezcla entre el surrealismo, el cubismo, y el abstracto pero sobre todo de cultura negra, de comunidad, de santería y de “una finalidad que tenía el destino de ponerlo en mí, en mis manos, en mi arte”. Incluso habla de una experiencia mágica y confiesa que “mientras pintaba el mural me salió barba por primera vez, a mis 40 años”.
Hamel es un templo por y para la cultura afrocubana y no solo vibra en sus paredes, lo hace también al son de la rumba. Los domingos a medidodía se convierte en el lugar de congregación de bailarines, cantantes, músicos, niños y turistas con cámara al hombro. Aquí da igual el color de piel, el idioma, la vestimenta, e incluso se perdona al que no lleva el ritmo en las venas. Tal y como rezan sus paredes, “Dueño de este lugar es la humanidad”.
Cuando entras solo tienes que guiarte por el sonido de los tambores. Este es el escenario improvisado para Los Chavalonga de Cayo Hueso, Los Muñequitos de Matanzas, Pedrito el Bumbo, Merceditas Valdés y Rumbatá. Suena el guaguancó, un ritmo que se originó en Cuba coincidiendo con la abolición de la esclavitud en 1886. Algunos lo bailan con gafas de sol, en pantalón corto y camiseta de tirantes, otras se engalanan y dan una vuelta tras otra con vestidos chillones y pañuelos anudados a la cabeza. Por último quedan los que observan, moviéndose tímidamente entre abanicos, puros y ron que se mezclan en el aire caliente: esto es cultura, es arte, es Cuba. Y si quieres llevarte el ritmo a casa, más de uno te espera para venderte un cd casero con algunos de los grupos que pasan por el callejón.

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