>>>Lalibela: la Jerusalén etíope
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Lalibela: la Jerusalén etíope

En las montañas de Lasta se esconde la ciudad monástica de Lalibela, cuyos templos fueron esculpidos en la roca volcánica con el objetivo de emular la Tierra Santa en suelo africano.
U
n ermitaño de piel oscura y ataviado con una túnica blanca, Biblia en mano, emerge desde una cueva rojiza excavada en la montaña. Amanece en el norte de Etiopía y el anacoreta se dispone a estudiar los textos sagrados al calor de los primeros rayos de sol, mientras de fondo resuenan cánticos religiosos. En las once iglesias de Lalibela decenas de sacerdotes celebran a diario sus ritos ortodoxos, frente a cientos de fieles entregados que, tras permanecer postrados durante la ceremonia, abrazan las columnas y besan las paredes. Las once iglesias de Lalibela, un conjunto monástico situado a 340 kilómetros al norte de la capital, Addis Abeba, fueron labradas directamente en la roca de la montaña, bajo el nivel del suelo.
Los templos están erigidos sin argamasa, al igual que otros monumentos antiguos cuya construcción es un misterio.
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El bautismo de toda una iglesia

El día grande de Lalibela es el 19 de enero, cuando la iglesia etíope celebra el ‘Tikmat’, la epifanía, que conmemora el bautismo de Jesús en el río Jordán. Miles de peregrinos vestidos de blanco, acuden a la fiesta y participan de un bautismo colectivo entre los monumentos rojizos y los cánticos litúrgicos.

El lugar es tan sobrecogedor que el sacerdote portugués Francisco Álvarez, quien visitó el lugar en 1521, no se atrevió a describir su majestuosidad por miedo a que no le creyeran. En su relato ‘Prester John of the Indies’ confesó: “Me cansaba escribir más de estas maravillas, puesto que me parecía que me acusarían de falsedad…”.
Este territorio sagrado de la cristiandad ortodoxa etíope fue concebido por el rey Gebre Mesqel, ‘Lalibela’, como una representación simbólica de Jerusalén, en respuesta a la toma de esta por parte de los musulmanes. Encaramados a 2.630 metros de altitud y con más de diez metros de altura, los templos fueron cincelados en la roca de las montañas, alrededor del año 1200.
El rey Lalibela fue canonizado por la iglesia etíope.
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La Cruz de Lalibela

Hecha de 7 kilos de oro macizo, es la reliquia más preciada de Etiopía y se conserva en Biete Medhani Alem. En 1997 fue robada y la población “se golpeaba el pecho y se arrancaba el pelo” por el dolor de la pérdida. Años después apareció en el equipaje de un marchante de arte.

El Canal de Yordanos, excavado en la roca como el resto de la ciudad monástica, divide Lalibela en dos conjuntos de iglesias, tal y como el Río Jordán divide Jerusalén. En la parte norte destaca la iglesia monolítica más grande del planeta, Biete Medhani Alem, ‘La casa del Salvador del mundo’. Se trata de una reproducción de la catedral de Santa María de Sion, que se encontraba en la capital religiosa etíope, Aksum, y fue destruida en 1535 por los invasores musulmanes. Quien se acerca a Lalibela no ve nada hasta que no se encuentra literalmente sobre los monumentos. Las iglesias parecen ‘brotar’ directamente de la piedra, a la que permanecen unidas por la base o por uno o más laterales, siempre por debajo del nivel del suelo. Todavía más en profundidad, bajo los templos, un oscuro laberinto de pasadizos, túneles y cuevas conecta entre sí diez de las once iglesias.
El hecho de que las iglesias estén ‘ocultas’ bajo el nivel del suelo podría ser para evitar invasiones musulmanas, frecuentes en la época.
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Las pinturas que cubrían las paredes de algunas de ellas son ya prácticamente invisibles, justo al contrario que las patentes grietas. Al entrar en las iglesias los peregrinos se encuentran con muros desnudos y espacios lúgubres, iluminados si acaso con el titilar de una vela que sostiene algún sacerdote que estudia la Biblia. El proceso de construcción de Lalibela aún es un misterio. ‘Vaciar’ la montaña hasta diez metros de profundidad, dejando enormes bloques en pie, y después tallarlos y cincelarlos no es tarea fácil, menos aún en el siglo XII. La leyenda asegura que los ángeles ayudaron en la faena; durante el día trabajaban codo con codo con los obreros, presumiblemente esclavos, y por la noche realizaban el doble del trabajo que se hubiera avanzado durante la jornada.
Quizá la aportación de los ángeles fuera también uno de los ‘detalles’ que el sacerdote se guardó para sí cuando habló de esta Jerusalén africana, por miedo a ser considerado un embustero.

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