>>>La ola más temida del mundo
Foto: Brian Bielmann

La ola más temida del mundo

Entrar en el tubo de Teahupoo es un sueño para cualquier surfista. Salir erguido de esta ola tahitiana ya es otra cosa.
E
s el paseo de la fama para un surfista. La izquierda más arriesgada, un atractivo irresistible para los más osados y experimentados. Pocos se atreven a enfilar Teahupoo, menos consiguen salir de pie; su potencia y velocidad la convierten en la ola más difícil del mundo.
“¿Cómo íbamos a surfear eso? ¡Era una locura!”. La leyenda del surf Dylan Longbottom estaba presente aquel 27 de agosto de 2011 en Tahití durante el Campeonato del Mundo de Surf (WSL). Aquel día se levantaron las olas más altas que se han visto en Teahupoo, alcanzando 10 metros, el doble de lo habitual. La Marina Nacional Francesa había asignado a la zona código rojo doble; estaba prohibido, bajo amenaza de arresto, entrar en el agua. La ola llegaba con furia.
Los surfistas pueden pasarse hasta tres horas en el agua esperando a que llegue su turno para enfilar la ola.
Foto: Brian Bielmann

Aquí sobrevive el ‘tow-in surf’

Hace una década que el ‘tow-in surf’ pasó de moda. En esta modalidad, motos de agua, ‘jet skis’ o incluso helicópteros remolcan al surfista hasta la entrada de la ola, dándole un impulso que le permite efectuar maniobras más espectaculares. Pero en Teahupoo, dado su ímpetu, sigue siendo un ‘must’.

Para algunos de los participantes en el campeonato esa expectativa de peligro no hizo más que provocar sus ganas de cabalgarla, aunque el miedo estaba presente. “Era aterrador, podíamos morir ahí”, aseguraba Longbottom. A pesar de los temores y desoyendo las instrucciones de las autoridades, él y otros cuantos intrépidos se echaron a la mar. “Surfear esa ola y salir de ella es una experiencia que ningún dinero puede pagar”, confesaría el surfista una vez terminada una jornada que quedó grabada en la historia del surf. Lo que ocurrió allí fue tan épico que todavía se habla de ello y dio lugar al documental, “Código rojo”.
Pipeline (Hawái) y Mavericks (California) son otras olas célebres, pero ninguna es comparable a Teahupoo, por su peligrosidad y forma. Su nombre significa “muro de calaveras” y proviene de un antiguo rey tahitiano temido por su afición a coleccionar cabezas. Teahupoo nace cerca del canal de Havae, 70 kilómetros al sureste de Papeete, la capital de Tahití. Allí, 700 metros mar adentro, rompe sobre un arrecife de coral con forma de media luna que vigila de cerca a los surfistas que lo sobrevuelan.
Las islas que conforman Tahití son las cumbres emergidas de antiguos volcanes, por eso la profundidad del océano es ya kilométrica cerca de la orilla.
Foto: Brian Bielmann

Tahití, cuna del surf

En 1788 James Morrison, desertor del célebre buque HMS Bounty, escribía sorprendido sobre los tahitianos: “toman una plancha (…) y nadan hasta el nacimiento del oleaje, aguardan la formación de una ola, (…) y, acostándose sobre la plancha, se colocan en la cresta (…) y avanzan con ella con una rapidez extraordinaria”.

La profundidad del océano pasa bruscamente de 45 metros a 1,5, lo que provoca una virulenta ola que tiene casi más tubo que pared, y cuyo recorrido va desde los 50 a los 150 metros. De hecho, la peculiar anatomía de esta ola, por ser un tubo de principio a fin, no permite maniobras, así que en competición sólo puntúa el tubo. Teahupoo se convierte en un ‘show’; durante la temporada, alrededor de ella se forma un ejército de embarcaciones, tablas, motos de agua, e incluso chiringuitos improvisados sobre las aguas. Es una batalla naval en la que se lucha por encontrar y mantener la mejor posición: los surfistas esperan sobre sus tablas el momento de entrar en la batalla y conquistar la cresta de la ola; los cámaras y fotógrafos se acercan al máximo para disparar los mejores planos; los turistas admiran emocionados, desde una balsa al pie de la ola.
Unas 20.000 personas practican surf en aguas polinesias cada año.
Foto: Brian Bielmann
Desde esa posición privilegiada observan a los desafortunados surfistas que no consiguen mantener el equilibrio y caen, padeciendo la violencia de la ola y la amenaza del arrecife bajo el agua. Cuando hay suerte, se extasían con los ‘riders’ que logran deslizarse sobre el agua hasta el final del tubo y aparecer de pie, con la sonrisa de quien ha cumplido un sueño y ha conquistado la ola más extrema de todos los océanos.

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