>>>La maravillosa vida breve de Bowie
Foto: Jan Versweyveld-10, Sophia Anne Caruso

La maravillosa vida breve de Bowie

David Bowie, el Duque Blanco, no ha muerto; tampoco está camino del espacio; sigue en Nueva York, en el SoHo, entre librerías, teatros y salas de música.
N
ueva York y David Bowie comparten haber sobrevivido a todos los excesos. El día que Bowie murió, el mundo se vistió de luto. Pero era un error. No importa que Bowie no esté. Ni si se ha visitado Nueva York. Si viajar, como escribía Claudio Magris, “enseña el desarraigo, a sentirse extranjeros”, en Nueva York no se aplica; Nueva York se adhiere a la cultura, como Bowie, como el despertar. Como la necesidad de sobrevivir a los excesos.
La vida es demasiado corta para no comer ni beber bien, dice este local, Bottega Falai, al que a Bowie le gustaba ir.

Anoche soñé con Bowie

“Iba en un tren y él se sentó a mi lado. Hablamos de fotografía, me dijo que prefiere el 35mm”. Conversaciones, consejos o recitales privados. Los seguidores de Bowie comparten en el foro ‘Dreams about Bowie’ cómo el Duque se les aparece en sueños.

‘La maravillosa vida breve de Óscar Wao’, de Junot Díaz, es uno de los libros que Bowie compró en McNally Jackson Books, una de sus librerías favoritas. Al igual que The Strand Books, desde la que Whitney Hu, directora de marketing, recuerda como el músico, pese a intentar pasar desapercibido, “desprendía electricidad”. “Estaba siempre solo, para que se respetara su vida privada, por no hacer una escena con los turistas, pero cuando pedía un libro, era agradable y encantador”. Por eso el Camaleón sigue en Nueva York. Era 1969 cuando Space Oddity lo lanzó. Llegado de Brixton, Londres, debutó en 1972 en el Carnegie Hall, espacio mítico neoyorkino que, desde que abrió sus puertas en 1891, ha acogido a compositores como Rachmanioff y a políticos como Martin Luther King.
Como en una inquietante rima de la vida, Carnegie Hall y The New York Times anunciaron apenas horas antes de su muerte, un concierto con temas de Bowie. Era enero y lo programaban para el 31 de marzo. No era un tributo, se esperaba su presencia. Pero la vida y la muerte tenían otros planes.
La huella de David Bowie ha traspasado fronteras, y el merchandasing en torno al músico, también.
Foto: Jorge Cotallo
“He vivido en Nueva York más de lo que viví en ningún otro sitio. Es sorprendente: soy neoyorquino”, había comentado una década atrás. Por eso, cuando el pasado 10 de enero falleció a los 69 años, sus vecinos del SoHo, en Manhattan, llenaron las calles de flores y de música. El apartamento que compartía con su esposa, en el 285 de Lafayette Street, es desde entonces lugar de peregrinación.
El propietario de Strand Books aún recuerda cuando Bowie paseaba por su local. Su vestuario no pasaba desapercibido.
Vivió los primeros años en hoteles como Gramercy Park Hotel y The Sherry-Netherland. “Sería bastante aterrador vivir ahora en cualquier otra ciudad de Estados Unidos distinta de Nueva York”, declaró en 2002. Después se apaciguó. Se centró en crear. Acudía al Booth Theater y al New York Theatre Workshop. En este último se representó Lazarus, obra en la que adaptó, junto a Enda Walsh, la novela ‘El hombre que cayó a la tierra’, de Walter Tevis. Washington Square Park era también uno de sus lugares predilectos. Terminaba sus paseos en Dean & DeLuca, Bottega Falai, Caffe Reiggio y Olive’s, locales de su ruta emocional.
Su último trabajo, ‘Blackstar’, queda como epitafio. Rock con aroma a jazz. “You know who I am”. “Usted sabe quién soy yo”. Sus letras le retratan como lo hacen los libros que compró, los lugares en los que eligió vivir.

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