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La jungla urbana de Madagascar

Si Madagascar parece una isla alienígena por sus avenidas de baobabs y su población de lemures, su capital, Antananarivo es la puerta a otra dimensión.
M
adagascar se desgajó del mundo hace mucho y comenzó a crecer como un ser inclasificable, único. Justo en el centro de la isla se halla Tana, como los malgaches llaman a la ciudad. Un puzzle de mundos desaparecidos, de fragmentos del reino de Imerina que frenó la voracidad francesa y británica, de arquitectura europea construida con hierbas y maderas, de influencias asiáticas y africanas, de caos vehicular y supersticiones. En Tana no se señalan las cosas con el dedo, es de mal augurio, como si se deshicieran con mirarlas.
El palacio de la reina del Rova sigue en fase de reconstrucción.

El refugio del lémur

A 25 kilómetros de Tana se encuentra una reserva privada de lémures con hasta nueve especies diferentes. Los animales viven en libertad, excepto dos especies nocturnas. Lemurs’ Park, de cinco hectáreas, está ubicado al lado del río Katsaoka y toda su infraestructura fue creada por el artista Philippe Manet para integrarse perfectamente en el entorno.

Desde sus doce colinas sagradas se divisa el valle de Analakely donde vivían las clases más pobres y donde el rey Andrianampoinimerina estableció en 1794 el que fuera el mercado al aire libre más grande del mundo. En 1997 se ordenó su desmantelamiento pero desde entonces las ventas han vuelto a poblar las calles como un río salvaje que retoma su cauce: frutas olorosas, artesanías y cuanto objeto pirateado se pueda imaginar.
Sobre la colina más alta de la ciudad reposa el Rova, una fortificación mitológica a modo de ‘skyline’ que simboliza el dominio de la isla por parte de los monarcas Merinos. Allí, en el siglo XVII, establecieron su capital con un grupo de mil soldados que defendieron el sitio del asedio de otros pueblos. Antananarivo significa ‘la ciudad de los mil’. Llegaron a levantar unas 20 estructuras, aunque su edificio más representativo es el Manjakamiadana o Palacio de la reina. La ciudadela real, construida por la reina Ranavalona I con la mayoría de riquezas y archivos de la civilización, fue arrasada por las llamas en 1995.
La isla de Madagascar fue conquistada por asiáticos. Actualmente su población es una mezcla de ambos continentes y de la colonización europea.
Foto: Anton_Ivanov / Shutterstock.com
Gracias a la rápida movilización de los habitantes de Tana se salvaron algunos objetos del incendio como vitrinas con joyas, cálices y lanzas. Se conservan en otra de las joyas arquitectónicas de la ciudad, el Palacio de Andafiavaratra. El edificio sirvió de sede presidencial a finales del siglo XIX. Reconvertido en museo, ha permanecido cerrado en los últimos años por robos continuados, entre ellos las joyas de la corona, pero este año abrirá sus puertas.
Lemurs’ Park cuenta con varias especies como el Sifaka (en la imagen), que está en peligro de extinción.
Alrededor de Andafiavaratra, en el ‘Haute Ville’, un colorido barrio de casas coloniales que creció en el siglo XIX bajo dominio francés desciende lentamente hacia a una jungla urbana de dos millones de habitantes. En un país donde la mayoría de la gente vive con dos dólares al día, se puede pasar del lujo de las tiendas de Antaninarenina y Ankadifotsy hasta Besarety y Andravoahangy, zonas repletas de ventas ambulantes y viejos coches Renault congelados en los sesenta.
Buscando refugio del tráfico se llega al lago Alarobia, un frágil ecosistema que sirve de hogar a más de una docena de especies de aves únicas y al lago Anosy, que se transforma en una alfombra violeta cuando las jacarandas florecen. En el medio de este oasis en forma de corazón se encuentra el “Monument aux Morts”, un ángel dorado erigido por Francia en honor a los caídos en la Primera Guerra Mundial.
De camino al céntrico barrio de Isoraka, el corazón de Tana, se puede visitar el Museo de Arqueología y el zoo, con una representación de la peculiar fauna que se desarrolló en Madagascar. Uno de sus habitantes más llamativos es el lemur de ojos azules. Muy cerca se encuentra uno de los templos de la cocina malgache: La Varangue. Este acogedor restaurante ofrece “sabores del mundo y la fragancia de Madagascar”. Se traduce en el mejor popurri de sabores asiáticos, europeos y africanos y da como resultado un filete de cebú con salsa de cacao, rodeado de hígados de pollo al curry. Y de digestivo, ron malgache de limón, vainilla o lichi. Pura fusión.

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