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La isla que no conquistó a Napoleón

Patria de exiliados, como Napoleón, la isla de Santa Elena es hoy es un paraíso subtropical ideal para submarinistas. Su nuevo aeropuerto permitirá descubrirla.
E
l secreto mejor guardado del Atlántico Sur. Acantilados de 400 metros de altura, más de 120 kilómetros cuadrados de colinas, valles escondidos, inhóspitos desiertos, bosques de neblina y pasado volcánico. Tan exuberante como inaccesible. Tan difícil de alcanzar que hasta allí mandaron exiliado a Napoléon Bonaparte, seguros de que desde tan remoto lugar “no perturbaría el reposo de Europa”. Es Santa Elena, una pequeña isla perteneciente a Reino Unido, situada en mitad del océano, a 1.800 kilómetros de la costa suroeste de África.
‘Ebony’ es el nombre de la flora endémica que crece en los acantilados.

A trote por la isla

Entre las actividades destacadas de la isla, en marzo se celebra un festival cuyo reclamo principal es caminar. En de 2016 se compuso de 12 itinerarios por la isla. En noviembre se cambia el paseo por la carrera: desafíos por colinas y picos escarpados y marchas por la costa.

Hasta ahora, alcanzarla se convierte en hazaña: cinco días a bordo del Royal Mail Ship, buque oceánico que parte de Ciudad del Cabo. En el año 2012 se aprobó la apertura para 2016 de un aeropuerto, con vuelos desde Londres a Johannesburgo y una conexión semanal con la isla. El transporte privado ya opera, y se espera la incorporación de líneas regulares con capacidad para 120 pasajeros. Esto mejorará las comunicaciones de los 4.200 habitantes de Santa Elena, pero especialmente incrementará la llegada de turistas, que a día de hoy se reduce a 1.500 visitantes anuales.
Viajeros atraídos por sus parajes naturales y por la huella de Napaleón. Santa Elena fue descubierta en 1502 por el navegante español João de Nova, que servía a la corona de Portugal, pero se ocultó por motivos estratégicos –tiempo después, gracias a esa posición, atracarían 1.000 buques al año– hasta que en 1588 llegó el capitán Cavendish, convirtiéndose en el primer inglés en visitar la isla.
Cada 21 de mayo, los vecinos de la isla acuden a Jamestown, la capital, a celebrar el aniversario del descubrimiento de la isla.

El parque estrella

El Parque Nacional Pico de Diana, que alcanza los 823 metros de altura sobre el nivel del mar, es el punto más alto de Santa Elena. Es hogar de especies autóctonas como un tipo de caracol endémico, la araña de oro y la cochinilla de punta amarilla.

Napoleón Bonaparte desembarcó del Northumberland el 15 de octubre de 1815, cuatro meses después de ser derrotado por los ingleses en la batalla de Waterloo. “No es un bello lugar; hubiera hecho mejor quedándome en Egipto”, murmuró el prisionero al contemplar su prisión tropical por primera vez. Al comienzo de su destierro vivió dos meses en el Pabellón Briars -hoy visitable-. Después fue trasladado a Longwood House, una granja vieja y húmeda, expuesta a los fuertes vientos isleños e infestada de mosquitos y ratas. La propiedad es hoy gestionada por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia. Conserva su mobiliario original y gracias a la Fundación Napoleón y a más de 2.000 donantes, los visitantes puede ver una réplica exacta de la habitación en la que murió el ex emperador, supuestamente víctima de un cáncer de estómago el 5 de mayo de 1821. Aunque no se llegó a descartar el envenamiento.
El Gobierno francés y la Fundación Napoleón están promoviendo la reconstrucción de la cabina donde Napoleón y su comitiva se alojaron.
“Derrotado y sin gloria”, Napoleón fue enterrado en Sane Valley, en una austera tumba, rodeada de un bucólico jardín y enmarcada por una pequeña valla negra. Hoy es uno de los lugares más visitados de Santa Elena. En 1840 se trasladó su cuerpo a a París, donde descansa en el Palacio de los Inválidos. Por su aislamiento natural, la isla se convirtió también en 1900 en lugar de exilio de unos 6.000 bóeres (colonos holandeses), prisioneros de las guerras con Reino Unido en Sudáfrica.
Santa Elena es el ‘Galápagos’ del Atlántico Sur, por su variedad de plantas, invertebrados y aves. Como el ‘wirebird’, una de las especies más amenazadas del mundo: se avistan cerca de 500 ejemplares. Además se puede nadar entre tiburones ballena. El submarinismo –la visibilidad bajo el agua suele ser de entre 15 y 25 metros– es muy practicado. También son populares los avistamientos de ballenas jorobadas con sus crías, que llegan entre junio y octubre.
Su combinación de herencia bélica y encanto natural han sido los atractivos que han forjaron el mito de esta isla. Figuras ilustres como Darwin o Edmond Halley la visitaron para estudiar su naturaleza. Probablemente hasta Napoleón se reconciliaría hoy con ella.

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