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Japón de película

El cine convertido en campaña turística imparable. La película ‘Nuestra hermana pequeña’ del realizador japonés Hirokazu Kore-eda ha situado Kamakura en la ‘shortlist’ de los destinos a visitar con urgencia.
U
na ciudad poética y trascendental que escapa a los trayectos habituales del país del sol naciente. Banderas, símbolos, templos, seres humanos. La ciudad como reflexión de la existencia. “No sólo me interesan la belleza de Kamakura y las cuatro hermanas”, explica Kore-eda, autor de la mejor película del año para la Academia de Cine de Japón. “Me interesa la actitud de la ciudad, capaz de absorber y abrazar todo lo que pasa. (…) La belleza de entender que solo somos granos de arena parte de un todo, y que la ciudad, el tiempo de la ciudad, seguirá adelante aunque nosotros no estemos”.
‘Nuestra hermana pequeña’ recibió el Premio del Público en la última edición del Festival de San Sebastián (España).

Placeres de bolsillo

Kamakura es muy famosa por sus objetos de madera lacada llamados Kamakura-bori. Su paraíso del shopping es Wakamiya Oji, una de las calles más llamativas de Japón gracias a su sucesión de ‘torii’ (arcos sintoistas de madera) frente a la playa de Yuigahama.

Las hermanas no están. La intensidad de sus vidas no será registrada por los ‘gaijin’ (extranjeros) que se den cita en Kamakura, a tres cuartos de hora en tren de Tokio. Lo demás no se ha movido ni un palmo. Allí siguen la energía zen de una ciudad costera sembrada de templos, el océano brillante, los cerezos en flor, las hortensias perladas de agua, los fuegos artificiales celebrando el verano y cada uno de sus budas y santuarios. El recuerdo del film es el mejor empujón para lanzarse a Kamakura como un anti-turista, vagar por sus rincones sin cuotas de monumentos y moverse por impulsos emocionales.
Entre 1185 y 1333 se vivió en Japón la era de Kamakura, convertida prácticamente en capital del país. La culpa la tuvo el shogun Minamoto, que hizo de ella el centro de su poder. Con una población de 200.000 personas, en 1250 era la cuarta ciudad mundial, pero las luchas de poder y la irrupción de un nuevo emperador provocaron su declive y caída desde principios del siglo XIV.
Hoy su importancia política es relativa, al contrario que su calidad de vida. Kamakura goza de un agradable clima templado, con una temperatura media de 16ºC. Su fachada sur se encuentra frente al golfo de Sagami, mientras que las montañas la rodean completamente al norte (Monte Genji), al este (Rokkokuken, Ōhira, Jubu, Tendai y Mt. Kinubari) y al oeste. El río Namerigawa es una importante fuente de vida, y va sembrando las calles de puentes y de orillas. Sus playas -Yuigahama, Zaimokuza, Koshigoe y Shichirigahama- son perfectas para pasear, hacer surf y darse un chapuzón, pero sin invasiones de tumbonas y sombrillas: en Japón huyen del sol.
Kamakura es una ciudad costera rodeada de verdes montañas.
El mundo vegetal reclama su protagonismo por toda la ciudad, pero especialmente en el jardín botánico de la prefectura de Kanagawa, donde viven más de 5.700 especies de plantas, incluyendo una colección de rododendros y camelias.
Así es el espectáculo del Yabusame en Hachimangu Tsurugaoka.
La espiritualidad brilla en cada esquina. A pesar del gran terremoto que asoló la zona en 1923, la mayoría de tesoros se conservan intactos. Desde el Gran Buda de bronce de más de 11 metros -el segundo mayor de Japón- hasta los templos zen Engakuji o Kenchoji, ideales para desconectar del ruido y hasta disfrutar de la poesía koan, con acertijos como: “¿Cúal es el sonido de una mano aplaudiendo?” Y eso sin olvidar el templo Hasereda, donde se encuentra el Juichimen Kannon, la estatua de madera más grande de Japón que representa al bodhisattva Kannon con 11 caras.

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