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El barrio multicolor

En Pelourinho no hace falta que sea Carnaval: el color, la música y el baile están hospedados en sus calles todos los días del año.
Este vecindario de Salvador de Bahía conserva el encanto de la arquitectura colonial portuguesa. Situado en la que fuera capital del Brasil durante tres siglos, sufrió un gran deterioro, convirtiéndose en una zona marginal. Este abandono es lo que le hizo conservar su esencia, por lo que fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1985. A partir de entonces, sufrió una profunda remodelación, donde los colores vivos se dispararon en todas las direcciones pintando las fachadas de edificios renacentistas de azul, celeste, amarillo y salmón. ¿El resultado? El barrio más colorido de Brasil.

Viste los colores

Si paseas por el barrio antiguo, es inevitable que te lleves unas cuantas ‘fitas’ (cintas de colores) atadas a la muñeca. Además de souvenir, es un amuleto: si tras amarrarlo y pedir tres deseos se te desata, llévala a la iglesia Senhor do Bonfim y se cumplirán.

Aunque hoy Pelourinho es sinónimo de alegría, tras sus fachadas de colores se esconde un pasado mucho más negro. Su nombre recoge los fantasmas del pasado, ya que Pelourinho hace referencia al poste donde se azotaba a los esclavos que llegaban a Brasil. Esta herencia africana es palpable en todos los rincones: en la cultura, en la religión, en la música y en sus gentes. Las mujeres bahianas y sus trajes típicos, hacen de este pintoresco lugar uno de los más exóticos de Bahía.
En la zona se concentran grandes perlas arquitectónicas. La Catedral Basílica, la Fundación Casa de Jorge Amado (Premio Nobel de la Literatura) o Nossa Senhora do Rosario dos Pretos, construida por y para los esclavos, son algunas de ellas. Si hay una que destaca es la Iglesia de São Francisco: además de por su fachada de origen portugués y el cielorraso de su cubierta, su capilla está bañada en oro. Cuentan que se utilizaron nada menos que cien kilos de este mineral para adornar el templo.

La mirada de Pierre Verger

Muchos han conocido Brasil a través del objetivo de este fotógrafo parisino. Acabó sus días en Salvador de Bahía, la ciudad que le enamoró en 1946 y de la que supo extraer toda su esencia y transmitirla en sus instantáneas. Puedes visitar su Galería en Portal da Misericordia 9.

En Pelourinho todo tiene ritmo, incluido el símbolo de la ciudad: el elevador Lacerda, que une la Ciudad Baja con la Ciudad Alta. Está compuesto por cuatro ascensores que ascienden 72 metros en menos de 30 segundos y desde los cuales se puede ver la Bahía de Todos os Santos, a la que Américo Vespucio llegó en 1501 dando inicio al período de colonización portuguesa. Descendiendo por el elevador Lacerda y caminando hacia la costa, puedes ver una de las mejores puestas de sol de Brasil: el sol se esconde tras la Bahía de Todos os Santos con el Farol da Barra como telón de fondo. Este faro funciona hoy como museo náutico y suele ser testigo de shows de ‘capoeira’, un arte marcial brasileño con aires africanos que mezcla la danza con la lucha y sobre todo, el espectáculo.
Y si durante el día es animado, al caer la noche aún más. En Pelourinho la luna llega bailando al son de decenas de tambores. A excepción de los lunes, grupos de batucada toman el centro histórico de Salvador de Bahía y lo convierten en un escenario improvisado: la plaza Terreiro de Jesus y Largo do Pelourinho comparten percusión, baile y capoeira hasta altas horas. Ya lo dice la canción: “el bahiano tiene a Dios en su corazón y al diablo en sus caderas”.

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