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Donde nace el frío

Al este de Siberia los termómetros suelen rondar los 50 grados bajo cero. Una estepa blanca en la que sobreviven pueblos como Oymyakon, el más frío del mundo.
C

uenta la leyenda que en las manos de Chyskhan, el hombre del frío, nace el invierno. De sus manos pasa a las de Papá Noel, encargado de repartirlo por el resto de Europa. Ambos comparten barba blanca, pero Chyskhan va mucho más abrigado. ‘Vive’ en la región habitada más fría del planeta, en la República de Saja (Siberia). Aunque varios pueblos pugnan por este honor, los -71,2ºC que Oymyakon registró en 1924 lo hacen merecedor del primer lugar del termómetro mundial (o el último, según se mire). Se encuentra situado a 750 metros sobre el nivel del mar, en un valle. Esto provoca que el aire que llega de las montañas ‘acampe’ allí y no haga más que enfriarse.

En Oymyakon la temperatura media se sitúa entre 42 y 50 grados negativos en invierno. Un invierno que dura nueve largos meses. Los más duros son diciembre y enero, cuando la luz solo hace acto de presencia tres horas al día. Es entonces cuando las clases se cancelan y los niños se quedan en casa. Pero solo cuando los termómetros –que son de alcohol porque los de mercurio se congelan– bajan de los -52º. Vladímir Putin fue advertido antes de visitar la región. Los coches deben llevar doble acristalamiento. Ignorar esta recomendación supuso que no pudiera recorrer más que unos metros desde el aeropuerto.

Los peces se congelan al instante de ser pescados.

Pequeños, peludos y sabios

Los caballos de Yakutia (o yakutos) sobreviven a la intemperie gracias a su pelo, grueso y abundante. No miden más de un metro y medio, pero han desarrollado una gran capacidad para localizar vegetación bajo la nieve y poder así alimentarse.

El fotógrafo neozelandés Amos Chapple, que captó el frío extremo con su cámara describe sus sensaciones con sorpresa: “Ocasionalmente, mi saliva se congelaba, convirtiéndose en agujas que pinchaban mis labios”. Chapple tuvo verdaderos problemas para que su cámara funcionara correctamente con tales temperaturas. El respiro llega para los habitantes de Oymyakon en julio y agosto, con días calurosos que rondan los 20ºC, y con algún pico de hasta 30.

A unos 7.000 kilómetros de Moscú y a dos días en coche de la ciudad más cercana (Yakutsk), alcanzar Oymyakon es una hazaña. No como la de Amundsen para llegar al Polo Sur, pero casi. Aunque cuenta con una pequeña pista de aterrizaje (solo abierta en verano), los pocos intrépidos que la visitan tienen que recorrer el último tramo del viaje por la autopista Kolyma. Construida por el gobierno estalinista, se la conoce como la “carretera de los huesos” por todos los hombres, prisioneros procedentes de los gulags, que perecieron durante su construcción. De hecho, los esqueletos fueron utilizados como material para pavimentar la vía.

Los habitantes de esta región derriten enormes bloques de hielo para obtener agua para su consumo.
Foto: © Amos Chapple

Conviene ir cargado de provisiones, con gasolina de sobra y alguna noción de mecánica. Y no apagar el motor al parar, ya que la gasolina se congela por debajo de los -45ºC.

Los caballos de Yakutia son objeto de estudio por su rápida adaptación al frío.

El pueblo no cuenta con ningún hotel, pero sus habitantes (que no llegan al millar) son acogedores y algunos dan cobijo a los visitantes. Cazan y pescan su propia comida, y muchos trabajan en la cría de caballos. También se dedican a la agricultura, aunque ésta se limite a unas semanas al año. Lo mismo que sucede con las vacas, que únicamente dan leche en verano. La leche obtenida se congela para el resto del año.

Durante los meses de frío, las chimeneas están permanentemente encendidas. Y no gozan de muchas comodidades: no tienen agua corriente porque las tuberías estallarían por congelación y los baños se encuentran en el exterior, resguardados en casetas de madera. Consecuencias de vivir en el lugar donde nace el frío. No obstante, los habitantes de Oymyakon presumen de ello con un cartel conmemorativo a la entrada del pueblo. Cada aventurero que logra llegar hasta allí es apuntado en un documento que certifica que ha visitado el pueblo más frío del mundo. Adaptarse o morir, ya lo decía Darwin.

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