>>>Destinos para ‘cheese lovers’

Destinos para ‘cheese lovers’

Varios países europeos presumen de ser los más queseros del mundo. Conocemos la tradición de tres de ellos por si quieres planear tus vacaciones en torno a este placer gastronómico.
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i eres de los que siempre pide extra de queso en la pizza o si estás dispuesto a viajar a un pueblo perdido de Francia para encontrar ese queso azul que no venden en ningún otro lugar del mundo, sigue leyendo. Eres de los nuestros, un ‘cheese lover’. Y un ‘cheese lover’ hace –casi– cualquier cosa por su bocado favorito.

Descubrimos los países que más y mejor viven la cultura del queso. Y sí, todos son europeos. Como los máximos consumidores a nivel mundial, que también son del Viejo Continente: Grecia (34 kg por habitante), Francia (23,6) y Malta (22,5).

Mercado del queso de Alkmaar
En Alkmaar (90 kilómetros al norte de Gouda) también hay un mercado de quesos. Se celebra los viernes por la mañana (de abril a septiembre).

Donkey cheese: el queso más caro del mundo

Ni holandés, ni francés, ni suizo. El queso más caro del mundo es de Zasavica (Serbia). Cuesta más de 1.000 dólares el kilo y está elaborado con leche de burra. Se necesitan 25 litros de leche para hacer un kilo, más de lo que una burra da en todo el año (unos 20).

En Holanda se lleva produciendo y consumiendo queso desde tiempos de Julio César. Se trata de una de las tradiciones gastronómicas más arraigadas del país, cuyos quesos más famosos son suaves y blandos. Hablamos de Edam y Gouda, que toman sus nombres de las ciudades donde comenzaron a producirse. A día de hoy, la mayor parte del queso holandés se fabrica en los alrededores de Gouda, conocida como el Valle del Queso. Aquí se celebra cada jueves –desde abril hasta agosto– el Mercado de Quesos, todo un espectáculo basado en una tradición que comenzó en 1395. Los enormes goudas se transportan en carromato, se apilan y se venden delante del antiguo ayuntamiento siguiendo las formas de antaño: comerciantes y granjeros dan palmas para confirmar cada venta.

 

Los franceses no solo presumen de ser los mejores queseros del mundo, también de tener tantas variedades de quesos propios que, si quisieran, podrían no repetir en todo el año. Esos más de 365 tipos de queso se suelen degustar antes del postre, justo después del plato principal.

 

Producción de queso suizo.
La producción de queso al pie del Moleson (Suiza) es totalmente artesanal.
Foto: swiss-image.ch/Andre Meier

Son muchas las regiones francesas que presumen de tener el mejor queso y es difícil decantarse por una zona. Pero Auvernia cuenta con un gran argumento: tiene su propia ruta del queso. Y es que en esta zona del centro de Francia se produce el mayor número de quesos con Denominación de Origen Protegida de todo el país. En la ruta, perfectamente señalizada, se pueden conocer granjas y locales que producen las variedades Saint-Nectaire, Salers, Cantal, Fourme d’Ambert y Bleu d’Auvergne.

Iglú Engstligenalp
La temperatura del restaurante de Engstligenalp, formado por ocho iglús, está entre -3º y 3º.
Foto: Adelboden Tourismus

Pero si hay un país cuyo nombre esté ligado al queso, ese es Suiza. Una de sus variedades más cotizadas es el Queso Alpino, que comenzó a producirse en el norte de los Alpes en el siglo XV. Por entonces, solo se elaboraba en los meses de verano cuando vacas, cabras y ovejas tenían pasto suficiente. Hasta que llegaban las nieves. En el siglo XIX la producción se extendió, pero el queso resultante de esos meses pasó a llamarse Queso de Montaña para distinguirse del Queso Alpino, marca registrada y altamente cotizada. Conlleva un proceso totalmente artesanal y solo puede comprarse durante una época del año. Los más curiosos pueden visitar la Gruta del Queso, en Gstaad. Allí se almacenan a 25 metros de profundidad más de 3.000 quesos; alguno de ellos, auténticas rarezas históricas.

Una vez aprendida la teoría, toca pasar a la práctica. Y la práctica quesera en Suiza tiene un nombre: ‘fondue’, el plato nacional. En Zúrich hay un crucero nocturno que sirve ‘fondue’ mientras navega por el lago de la ciudad y un tranvía que recorre el casco antiguo mientras se degusta el mismo plato. En Engstligenalp (Adelboden) se puede probar en el interior de un iglú, y en Grächen en una de las cabinas del teleférico que sube a Hannigalp. Estos tours gastronómicos suelen ser nocturnos y se organizan en los meses más fríos (finales y principios de año), para combatir con queso caliente las bajas temperaturas. Para derretirse.

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