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Demasiado corazón

Brujas es una ciudad de cuento, fábulas románticas sobre el amor eterno y chocolaterías donde el azúcar puede terminar subiendo a la altura de su Torre de Belfry.
Si sonaban las campanas es que algo pasaba. Y no era algo bueno. El vigía de la Torre de Belfry, en la Plaza del Mercado, tocaba el carrillón de 47 campanas si divisaba desde su atalaya de 83 metros algún peligro para sus vecinos. Ahora los peligros son menos evidentes, ya no vienen los malos a caballo, con hachas y chillando, y las campanas no avisan de ellos, sino que hacen conciertos en verano. Pero aun puede uno imaginarse cómo era aquella Brujas medieval subiendo a lo alto de su torre más famosa. Eso sí, 366 escalones, y empinados, por delante.
Típico, pero imprescindible: un paseo por los canales

Museos para todos

Los belgas presumen de ser los inventores de las ‘frietjes’ (patatas fritas) y en Brujas las dedican un museo específico, el Frietmuseum. Aunque si buscamos algo más sofisticado, podemos visitar el Diamant Museum y comprobar si de verdad los diamantes son tan buenos amigos como cantaba Marilyn.

Hoy el tópico continúa etiquetando a esta ciudad como la ‘Venecia del norte’. Pero Brujas tiene identidad propia: sus barrios y canales, sus puentes y callejuelas adoquinadas, esa arquitectura que parece congelada en el tiempo, como a media subida a la torre de Belfry… Sobre todo como el destino perfecto para aquellos que buscan el plan romántico, la postal perfecta o, puestos a pedir, el amor eterno. En Brujas tienen de los tres.
En tierra firme, a pocos minutos del centro, se encuentra el Minnewater, o como lo conocen los románticos incurables, el Lago del Amor. Este apodo se debe al amor prohibido entre la joven doncella Minna y Stromberg. Obligada a casarse con un hombre al que no amaba, decidió escaparse. Cuentan que cuando Stromberg la encontró, Minna murió en sus brazos y él construyó una presa para secar el río y enterrar a su amada, que descansa eternamente bajo las aguas del Minnewater. No son los únicos que cuentan con una leyenda: los cisnes del lago también tienen la suya propia. Se dice que la ciudad de Brujas mandó ejecutar a uno de sus administradores, Pieter Lanchals, y que se castigó a la población obligándola a alimentar a los cisnes del lago eternamente. Cualquiera que cruce el puente puede hoy cumplir el castigo, aun no ha prescrito. Además, dice otra nueva fábula, hacerlo en pareja garantiza el amor eterno. ¿Aun puede con más romanticismo? Entonces nada como una cena junto al lago en el restaurante Maximiliaan van Oostenrijk.
Carruaje en Grote Market
Foto: Emi Cristea / Shutterstock.com
Pero Brujas aun tiene más historia dulce. Sobre todo, la de sus chocolaterías, como Chocolate Line, cuyo dueño, Dominique Persoone, es considerado uno de los mejores chocolateros del mundo. Su tienda es una de las tres únicas confiterías que aparecen en la Guía Michelin. Aunque los belgas locales prefieren la Chocolatería Spegelaere, de larga tradición familiar y menos conocida, donde destacan sus típicos racimos de uvas de chocolate.
Chocolate Brain by Dominique Persoone
Para terminar, porque hay que bajar el azúcar del chocolate y las leyendas, dos paseos: uno por los canales y otro en coche de caballos. Por supuesto, de la mano de alguien especial (ahora no vale arrepentirse de haber cruzado el puente y haber alimentado a los cisnes). El primero, en barca desde el muelle del Rosario (Rozenhoedkaai), el lugar más fotografiado de la ciudad. El segundo, en uno de los carruajes de la Grote Markt. ¿Unas gotas finales de romanticismo? Los cocheros recomiendan acurrucarse bajo la manta. ¿Típico? Puede. ¿Imprescindible? También.

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