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Coober Pedy: vivir bajo tierra

Después de que los ‘forty-niners’ arrasaran las ‘doradas’ tierras de California, el ‘outback’ australiano desató otra fiebre más silenciosa, la del ópalo.
C
hatarra de hierro fue la base con la que un padre construyó a principios del siglo XX el único árbol que hay en Coober Pedy. Quería que sus hijos vieran un árbol, aunque fuera de acero. A 846 kilómetros de Adelaida, en el sur de Australia, es necesario adentrarse en Coober Pedy para comprobar que la vida no está en la superficie, sino unos cuantos metros más abajo.
El termómetro marca 48 grados y no hay un alma en la calle, pero no se trata de despoblación. El registro de Coober Pedy habla de aproximadamente 3.500 habitantes. Están en sus casas, construidas bajo tierra y a una temperatura media de 20 grados. Al exterior se sale, aunque con extremo cuidado. “No corras, ni camines hacia atrás”, anuncian sus carteles, que alertan de hoyos en el terreno.
Los viajeros que se adentren en Coober Pedy pueden explorar las cuevas en excursiones en las que incluso excavarán en las minas para buscar su propio ópalo.

Hombre blanco en el agujero

Coober Pedy toma su nombre en 1929, de la traducción de los términos aborígenes ‘kupa piti’, que significa ‘hombre blanco en un agujero’. Los primeros refugios los construyeron los soldados que regresaban de la Primera Guerra Mundial, y su estructura imitaba a las trincheras francesas.

La única elección viable es habitar como las hormigas. Vivir en casas refugios excavadas en suelo y roca es la manera de no dejarse el sueldo en aire acondicionado. Denominan a estas casas ‘dugouts’, y en ellas vive el 70% de la población. No hay ventanas pero “es muy silencioso, muy oscuro y muy tranquilo”, explica Christine Henry, una de sus habitantes. Y si se quiere una habitación extra, basta con cavar.
A Coober Pedy le obsesiona el ‘fuego del desierto’. Así es como se conoce también al ópalo, que puede alcanzar los 3.000 dólares en el mercado. Tienen su propio festival dedicado a esta piedra semipreciosa, con desfile de excavadoras incluido. Es lógico, junto con las ciudades de Andamooka y Mintabie, abarcan el 85% de la producción de ópalo mundial, una cifra que se traduce en millones de dólares de ganancias. Aún así, la riqueza alcanza a menos del 1% de su población.
Existen ‘dugouts’ (casas), pero también hoteles subterráneos como el Desert Cave Hotel o iglesias como la de la imagen.
Su origen se encuentra hace 150 millones de años, cuando el océano cubrió la región. Al retirarse las aguas, el silicio, un nutriente oceánico, quedó en la roca. Los primeros recolectores eran nómadas, pero en enero de 1915 una fiebre del oro tardía aterrizó en Coober Pedy con el New Colorado Prospecting Syndicate. Lo integraban Jim Hutchison y su hijo William, de 14 años, PJ Torno y M McKenzie. Fue el más joven quien encontró pedazos de ópalo en la superficie de la tierra.
Coober Pedy ha sido escenario de películas como: ‘Mad Max III: Más allá de la cúpula del trueno’, ‘Priscilla, reina del desierto’ o ‘Marte: El planeta rojo’.
Dos meses más tarde llegaron los hermanos O’Neill, pioneros en la minería del ópalo. Con la Gran Depresión cayó la producción, pero en 1946, una mujer aborigen llamada Tottie Bryant encontró un campo de ocho millas de ópalo que atrajo una avalancha de aventureros buscando riqueza. Yugoslavos y serbios fueron los primeros, hoy conviven más de 45 nacionalidades.
Coober Pedy se ha convertido en una ciudad minera moderna, con más de 70 campos, 300.000 pozos mineros y 150.000 turistas que hacen ‘gymkanas’ para encontrar ópalos, y juegan al golf por la noche en un campo sin césped con pelotas luminosas. El único riesgo, tal como avisa el guía, y también minero, Wayne Borrett, es no querer abandonarlo: “Piensas que mañana encontrarás la piedra mágica, por eso no te vas nunca”.

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