>>>Al son de la (nueva y vieja) Habana
Foto: Jessica Knowlden/Unsplash

Al son de la (nueva y vieja) Habana

Sol, mojitos en el malecón y bailes furtivos entre paredes de colores. Parece que todo sigue igual, pero algo está cambiando. La capital de la isla cubana se abre a nuevos visitantes y a nuevas modas.
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a Habana parece estar dormida, con sus grandiosos edificios coloniales color pastel, los viejos Cadillac y Buick de los años 50, cuyos propietarios conducen y conservan relucientes, y las casas encapsuladas en el tiempo y decoradas como antes de la revolución. Pero La Habana está más despierta que nunca. Desde que en mayo de 2016 llegara el primer crucero procedente de Estados Unidos, soplan aires renovados que le dan otro toque a la capital cubana. Airbnb ya tiene más de 4000 alojamientos disponibles y los nuevos hoteles de lujo han transformado el perfil de la ciudad donde nunca hay una fiesta demasiado lejos ni la rumba suena demasiado alta.

El paisaje urbano desordenado mira al mar y, aunque a simple vista parece que se desmorona víctima de un esplendor vencido por los años, sigue vivo y en pie. Algo que se comprueba en La Habana vieja, uno de los símbolos de la ciudad, donde los hombres maduros vestidos con trajes sastre a rayas y sombreros Havana Fedora pasean por sus calles junto a los cocotaxis, dibujando así un paisaje salido de otra época.

Calle en La Habana vieja
La actualización de La Habana vieja se puede comprobar en cualquiera de sus plazas: la de Armas, la de San Francisco, la Plaza Vieja, la de la Catedral y la del Cristo.
Foto: Agustin de Montesquiou/Unsplash

Muchas de las casas coloniales, con elegantes balcones y descascarilladas fachadas que en su día fueron de colores intensos, se han transformado en modernos negocios. El primer hotel de cinco estrellas (desde antes de la revolución comunista), Gran Hotel Manzana Kempinski, abrió sus puertas en junio de 2017. Por su parte, Clandestina es una galería conocida por su ingeniosa versión de clásicos carteles de películas cubanas. Y en la bohemia calle Aguiar, conocida también como ‘el callejón de los peluqueros’, han abierto un museo, tiendas de diseño y modernos ‘bed and breakfast’.

 

Para enamorarse (y entender) La Habana es imprescindible bailar en sus calles. El ritmo corre por la sangre de los cubanos y hasta el viajero más arrítmico se deja contagiar, de día y de noche. Los clásicos de Buena Vista Social Club y otras canciones tradicionales son la banda sonora perfecta para lanzarse a la pista en El Chanchullero o en La Dichosa, en las calles viejas.

Bailarinas en Callejon Hamel
En un escenario improvisado del callejón de Hamel tocan grupos como Los Muñequitos de Matanzas, Pedrito el Bumbo, Merceditas Valdés y Rumbatá.
Foto: benkucinski on Foter.com / CC BY

Pero el ritmo no para. La música sigue sonando los domingos a mediodía, especialmente en el callejón de Hamel, que se convierte en el lugar de congregación de bailarines, cantantes, músicos, niños y turistas con cámara al hombro. Aquí da igual el color de piel y el idioma, e incluso se perdona al que no lleva el ritmo en las venas. Tal y como rezan sus paredes, “Dueño de este lugar es la humanidad”. Cuando uno entra solo tiene que guiarse por el sonido de los tambores y el guaguancó, un ritmo que se originó en Cuba coincidiendo con la abolición de la esclavitud en 1886.

 

Algunos lo bailan con gafas de sol, en pantalón corto y camiseta de tirantes; otras dan una vuelta tras otra con vestidos de colores chillones y pañuelos anudados a la cabeza. Por último, quedan los que observan, moviéndose tímidamente entre abanicos, puros y ron que se mezclan en el aire caliente.

Fachada del Hotel Nacional
En el bar de los jardines del Hotel Nacional, símbolo de la época dorada de Hollywood en los años 50, tocan son cubano en directo por la noche.

Y es que el baile se contagia de la música y la música se contagia del ron cubano. No necesariamente en ese orden. Porque “no nos interesan las bebidas, sino las que están por beber”, que dirían en Cuba. Un daiquiri en Floridita y el mojito de La Bodeguita del Medio (el favorito de Hemingway) son los brindis imprescindibles.

 

En el Malecón, el bulevar del océano golpeado por el viento, cada noche de sábado se congrega la mayor fiesta de la ciudad a la altura del Hotel Nacional, donde una vez Sinatra cantó entre mafiosos. Tras el primer compás, nunca llega la hora de marcharse. “Espérate un rato más, flaco”. No hace falta buscar excusas para continuar al son de La Habana.

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